Los recuerdos nos salen al paso

Ana García López

Publicado el 02/12/2023 a las 08:13

“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos” (Jorge Luis Borges).

Cuando se llega a edades provectas, se suele producir con frecuencia el efecto “vuelta atrás” de la memoria. Por sorpresa a veces, nos abordan recuerdos que sólo a cada uno de nosotros, en nuestra singularidad, nos pertenecen. Algunos seguirán siendo propiedad privada, pero otros muchos pugnan por salir del envejecido cofre donde se encuentran ante la menor alusión a hechos, vivencias, usos y costumbres que ya han desaparecido. Y salen. Salen sobre todo cuando estamos entre amigos. Compartir con ellos experiencias o chascarrillos del pasado, a menudo entre risas y complicidad indulgente, es como recomponer un puzle histórico, que no siempre podemos completar por falta de piezas.

También se abren paso episodios de cariz más sombrío. Tal es el caso personal que paso a relatar. Todo comenzó hace ya muchos años. Tras algún tiempo en el extranjero estudiando idiomas, decidí que le tocaba el turno a la lengua vasca. Mi madre, nacida en 1916 en una localidad de la Barranca, no llegó a hablarla, pero sí sus antecesores por línea materna. En aquella lejana época, el uso del vascuence - como ella lo llamaba- se iba restringiendo en favor del castellano. Inercia de los tiempos. Tal carencia no le impidió crecer y morir amando su tierra y sus costumbres.

Así que me matriculé de buena gana en una academia de Pamplona. No tardé mucho en comprender que el aprendizaje que tenía por delante venía acompañado de inesperados añadidos (para mí), que no podía compartir. Por ejemplo, que algunas clases se impartieran en la Plaza del Castillo para hacer proselitismo, o que se nos propusiera acudir a las ventanillas de Diputación para preguntar cualquier cosa en vasco y generarle un pequeño cortocircuito al funcionario de turno (en aquel entonces apenas había hablantes y menos aún profesores). La idea, pues, era fomentar la expansión del vascuence, fuera como fuera, y conseguir que tuviera cabida en las instituciones como soporte necesario para sacar a flote una identidad que, a juicio de sus mentores, había sido relegada. Dicho y hecho. Hablo de unos cuarenta años atrás.

Todos sabemos qué pasos se fueron dando hasta llegar a hoy. Para asombro de muchos, la terrible andadura de la retórica identitaria llevada al extremo sigue en pie e incluso gana adeptos. Nuestra memoria también va acumulando un montón de tristes espejos rotos.

Ana García López

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