Pueblos abandonados

Miguel A. Martínez Janáriz

Publicado el 20/05/2023 a las 08:14

Cuando uno recuerda la vida en los pueblos hace más de cuarenta o cincuenta años, y los ve ahora sumidos en el más absoluto de los abandonos, no puede menos que entristecerse.

Desde el mejor ángulo que es la memoria, los recordamos llenos de vida, con niños que jugueteaban por las calles y con un murmullo incesante de ganados yendo a abrevar a la fuente, o con gallinas y patos que sencillamente pastoreaban por las eras en busca de algún insecto que llevarse a la boca. Pero no solo había romanticismo en los pueblos, sino que también había maestros en escuelas con ocho niños y médicos, uno para cada municipio, al tiempo que practicaban una medicina integrada en el lugar, una simbiosis de medicina científica y medicina humanizada.

En la actualidad vivir en un pueblo se está convirtiendo en un acto de coraje. De ahí la despoblación para tantos pueblos de España, que no deja de aumentar con el paso del tiempo. En el último libro que acabo de leer del escritor roncalés Fernando Hualde, titulado “Por las tierras altas de Soria”, el autor relata con crudeza la situación que se vive en esos pueblos de la geografía soriana. Describe el autor en uno de los fragmentos de la novela que algunos ancianos antes de irse a la residencia, cierran la puerta de su casa y con su casa también cierran el pueblo. Trágica fotografía de cómo se produce el abandono de un pueblo. El anciano cierra la llave de su puerta, mientras le tiemblan las manos por la edad y quizás por el nerviosismo del momento, al tiempo que mira a izquierda y derecha por si alguien se percata de ese hecho histórico. Todos los años se despueblan muchos pueblos en España. Una revolución silenciosa que se gesta por estaciones de tren, de autobuses, con un ajetreo constante de maletas, muebles, recuerdos, fotografías… Los apátridas, que así se les puede llamar a los que emigran de su patria a otro lugar, se llevarán para siempre y hasta el día en que se mueran, imágenes imborrables de su infancia. Ninguna organización sindical convoca una manifestación el día que una familia decide irse de un pueblo, pero el apátrida sabe, que a partir de ese instante, forma parte de una revolución silenciosa llamada, éxodo rural. Cuenta el autor con nitidez el estado en el que queda la calle principal de uno de esos pueblos abandonado en las altas tierras de Soria. “Había maleza por doquier, casas impenetrables con ruinas, maderas y fiemo en el mismo umbral de la puerta y un cerezo gigantesco en flor”.

Y, a continuación, la pregunta surge como un rayo: ¿por qué se van? Hay tantas respuestas que necesitaríamos una enciclopedia para responder con la profundidad necesaria que merece el asunto. En resumidas cuentas, cada uno tendrá sus razones, pero lo que es evidente es que todos buscan un futuro mejor. Para algunos puede ser encontrar trabajo, para otros escapar del hartazgo que supone vivir en un pueblo pequeño, para otros acercarse a su familia en la ciudad o simple y llanamente escapar de la soledad que le acecha. También estar cerca de servicios generales y comercios de todo tipo. El autor termina de forma elocuente, describiendo el viaje de vuelta: “Era el momento de volver. Teníamos muy claro que no regresaríamos por donde habíamos venido, sino que utilizaríamos el viejo camino, un camino ancho, transitable con un todo terreno, aunque poblado de jaras y zarzas. Fue así como Acrijos se nos empezó a quedar atrás con todo su encanto, con toda su intrahistoria. A nuestras espaldas, cada vez más lejos, se nos quedaba Acrijos. De la misma forma que les pasó a tantos acrijeños en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, que atraídos por los cantos de sirena de localidades más grandes, y expulsados también por una repoblación forestal hecha sin pies ni cabeza, tuvieron que dejar sus casas, su pueblo, y su historia”.

Miguel A. Martínez Janáriz

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