Da gusto caerse

M. Elena Arenaz Erburu

Publicado el 19/04/2023 a las 07:17

En nuestra España cuando se habla de solidaridad parece que se nos abre una sonrisa. Efectivamente son muchos los que trabajan en ONG entre nosotros y en el extranjero, se crean festivales, carreras, comidas, ventas, maratones solidarios, la cooperación internacional española es de las que mantiene los primeros puestos entre países. Cuando surge una desgracia colectiva más o menos grande - un incendio, desbordamiento de ríos, un accidente, un atentado....- allí aparecen los expertos, trabajadores, vecinos voluntarios y gente altruista. Pero en ocasiones, nos quejamos por el individualismo de nuestra sociedad, porque cada uno va a su bola e ignora al de al lado… Y esto puede ser verdad o mentira, es verdad cuando apelamos a instancias generales: la sociedad, el país… pero hay una diferencia significativa cuando reflexionamos todo esto en lo concreto, en las circunstancias individuales, particulares que atañen a personas concretas. Por ejemplo, algo tan sencillo que les habrá pasado a muchos de ustedes. El lunes día 17 de abril sobre las 11’45 iba andando por la acera de los edificios que bordean la Vuelta del Castillo y por no levantar bien el pie para subir a ella, lo típico, me caí. De pronto estaban a mi alrededor 5 personas, seguidamente se acercó otra y tres miraban a distancia seguramente por el ruido ocasionado. Me preguntaron rápidamente si me había mareado, me echaron una mano y después entre dos me levantaron, otra recogía mi bolso y la cuarta miraba mis manos si me había hecho daño, si tenía las rodillas dolidas... Quedé muy gratamente sorprendida y con mi mano despedía a los más lejanos y a todos les di las gracias. Una señora siguió más detenidamente preocupándose por mí, dándome remedios caseros y hablando que para ella el suelo es también un motivo de dificultad al no poder fijar bien la vista con las gafas. Le dije que “daba gusto caerse” con tanta atención prestada y si encima no te habías hecho más que un rasguño en el codo y la rodilla, pues mejor que mejor. Me atendieron personas concretas, con nombre, con rostro, con voz, con sentimientos, con sus prisas y sus preocupaciones, con su gran amabilidad. A ellos desde esta carta les digo que no ha sido nada y les reitero que mil gracias. Esto no podría decirlo si hablara en general de los individuos inmersos en la sociedad, en la masa, porque ahí escurrimos más fácilmente el bulto para ayudar. Cuando hay casos concretos, aparecen personas concretas y esto es el valor real de la generosidad: cuando te interpela directamente a ti bien por empatía, educación, generosidad, humanidad…, sacamos lo mejor de nosotros mismos.

M. Elena Arenaz Erburu

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