A Javier van los recuerdos

Antonio Sayas Abengochea

Publicado el 11/03/2023 a las 08:29

Cuando se iniciaba el mes de marzo, todos los caminos en Navarra iban a Javier. Como ahora. Durante decenas de años, con una constancia que ejemplificaba muy bien nuestro amigo Ángel Guaras, los peregrinos de Fitero cargábamos la mochila, cogíamos las varas y makilas para peregrinar a Javier, por un camino más de casa y más corto que el jacobeo. Quizás existían razones ocultas y subconscientes que nos impulsaban a hacer este camino pero yo, cuando menos, tenía algunos motivos razonados para acudir a esta cita. La Javierada era como una prueba atlética. Íbamos tantos y tantas veces que no parecía tener excesiva dificultad. Pero había que hacer los cien kilómetros, pasito a pasito. Con mucha frecuencia, por los descampados corría un cierzo helador, o llovía copiosamente y los camiones, que circulan fugaces por la carretera, disparaban inmisericordes cañonazos de agua encharcada. Alguna vez, hasta la nieve casi cuajaba sobre nuestros pechos y, por las llanuras de la Bardena, levantábamos kilos de barro pegado a las suelas de nuestras cansadas botas. Con todo, se llegaba siempre a Javier. Como decía un amigo, unos mal y otros peor. La peregrinación era también una comunión con la naturaleza. Andar con la parsimonia que te imponen tus propios pasos, acompañar al Alhama, aprendiz de río, que se crece en esta fechas; cruzar marchosos el Ebro; recorrer el Plano bardenero, que nunca quiere acabarse; remontar el Aragón por parajes bucólicos, a veces con las dificultades de las crecidas; sentir cómo la primavera se asomaba con timidez explosiva, despertando a la tierra de su sopor, y muchas cosas más, provocaban un hondo sentimiento telúrico, que nos hacía sentirnos partecitas de este universo que Dios dejó en nuestras manos para ultimar su obra

La marcha a Javier era también una buena ocasión para la convivencia jovial entre todos: desde el mozalbete alborotado al abuelo, que con setenta y cinco juveniles años caminaba con paso prudente y sabio. Y esta convivencia tenía su expresión en las comidas acostumbradas: El calderete del viernes al que el cocinero orondo y guasón, para tranquilizar nuestra conciencia por la abstinencia, practicaba su exorcismo particular, “ te meto conejo te saco abadejo”; la alubiada de Cáseda; los almuerzos reparadores y alborotados con la tortilla de espinacas que un alma caritativa me preparaba y el vino reserva de Rioja que guardaba el amigo para la ocasión. Hay otra razón más. Todas las sociedades tienen sus mitos. También cada uno de nosotros. Uno de los míos es San Francisco Javier. No es necesario echar mano de sus hagiografías, basta y sobra con asomarse ligeramente a su vida, a su obra, a su historia. Por eso, con cierto orgullo y admiración, acudíamos a tributar nuestro homenaje, en sus lares, al navarro más grande y universal, para cantarle el domingo, su himno con los versos de Alberto Pelairea, el poeta tudelano, vecino de Fitero y enterrado en nuestro cementerio: “En el eco de los montes - vibre eterna esta canción - al cruzado que vencía - con la fuerza del amor...”. La peregrinación es sobre todo un acto de piedad. Salíamos invitando a la Virgen, “Ven con nosotros a caminar, Santa María, ven”; por los campos se oía el rezo del rosario y se invoca a la Virgen a pulmón agobiado con el Ave María de Lorenzo Luis; nos recogíamos en la Oliva, cantando con los monjes completas, “guárdanos Señor despiertos protégenos mientras dormimos”; en Cáseda invocábamos osados a la Virgen con la inspirada polifonía “Ave Maris Stella” del Padre Donostia (el venerable capuchino nos perdone la interpretación bienintencionada) y acabábamos con el Vía Crucis y la Misa Dominical. La peregrinación tiene un valor cuasi sacramental por lo que significa. Este caminar campesino, per ager, a Javier, sufrido y gozoso es signo del camino de la vida hasta llegar a la buena posada feliz y definitiva y un buen medio para conseguirlo. Por todo esto he peregrinado a Javier Ahora, que entrado en el atardecer, se me acorta el camino, recuerdo agradecido a tantos compañeros peregrinos que me alegraron aquellos días sufridos y felices y evoco, como en una oración, a los amigos innominables que me acompañaron en las javieradas y en este compartido peregrinaje por la vida que ellos han concluido al llegar a la buena posada.

Buen camino a los peregrinos y que siembren para el futuro muchos recuerdos felices.

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