Un año después
Publicado el 22/02/2023 a las 07:14
A un año del comienzo de la guerra, tenemos sobradas razones para sentirnos felices con su evolución. Es cierto que Europa se debate entre el sostén militar a Ucrania, y su miedo a que ello logre el alargamiento del conflicto y su escalada incierta, pero no es menos importante que su continuidad satisface a EE.UU., nuestro amado mecenas, como consecuencia del serio desgaste que la guerra provoca en Rusia. También soy consciente de la supuesta elevada cifra de fallecidos en ambas bandos, la cual nadie conoce aunque se barajen cifras a mi entender desproporcionadas (entre doscientos y trescientos mil personas). Sí son seguros siete millones de desplazados y ocho millones de refugiados, acogidos con eficiencia porque entre otras cosas son de los nuestros. Nada nos sigue haciendo temblar en el alcance de la libertad de Ucrania, y como no, de la nuestra también. Hemos conseguido además librarnos de la energía trampa que servía Rusia, para disponer de las garantías energéticas que nos brinda la diversidad del mercado, y en mayor medida EE.UU., aunque ello suponga triplicar su coste de adquisición. Soy consciente de la muy importante incertidumbre actual de los mercados, pero la transformación del modelo de producción y de suministro necesitaba imponerse. El impacto de la guerra en la reordenación de la vida y de los mercados tras la pandemia, es casi un don. Ahora, la valoración de la reconstrucción de Ucrania, que nos afectará casi en exclusiva a los europeos, se estima hoy en 350.000 millones de dólares, lo que supondrá un revulsivo a la regeneración económica. Tampoco las hambrunas africanas nos quitan el sueño, ensombrecidas como han quedado precisamente por la ocultación que de ellas hace el argumento comunicativo de la guerra. El riesgo de utilización del armamento nuclear, aunque serio, otorga si cabe un elemento de sorpresa a nuestras vidas. Nos aleja de la zona de confort en la que estamos inscritos habitualmente. La guerra es un revulsivo. Un impulso a nuestra monótona civilización. Gracias a Dios, apenas se acometieron iniciativas de paz en su origen. Ahora, después de un año, tampoco se han disparado medidas diplomáticas para la distensión. Estoy orgulloso de nuestros estadistas mundiales; de su racionalidad y juicio sensato; de su ponderación presente y de su visión futura, y por insistir en la unidad que solo los descreídos disfrazan de rebaño. Es ahora cuando sé que Rusia nunca va a ganar la guerra, aunque solo los agoreros proclamen que tampoco nunca la va a perder, por el as-trampa del que dispone en su cajón nuclear. Un año después de la guerra, veo la luz y me siento muy feliz.