Volver a casa

Carmen Olorón Goñi

Publicado el 06/11/2022 a las 08:14

Llega noviembre con sus reminiscencias de muertos, cementerios y crisantemos. Y con nuestro recuerdo para quienes ya no están a nuestro lado. Dice Rosa Montero que llegada cierta edad somos como un bosque en el que, un día sí y otro también, nos van talando y que al final contemplamos angustiados los inmensos huecos que van quedando a nuestro alrededor y, en el mejor de los casos, esperamos sin ninguna prisa, que el mayor hachazo de la vida, nos tumbe. Por otro lado, la situación tampoco está como para echar cohetes, con un Armagedón sobre nuestras cabezas, cual espada de Damocles. Así las cosas, mi pensamiento vuela a la obra “Del sentimiento trágico de la vida” donde el torturado Unamuno escribe: “¡Ea!, ¡a vivir esta vida pasajera, que no hay otra!, el silencio de aquel escondrijo le dice: ¡Quién sabe! Cree acaso no oírlo, pero lo oye.” Y sigue don Miguel “Más sinceros, mucho más sinceros, son los que dicen ‘de eso no se debe hablar, que es perder el tiempo y enervar la voluntad, cumplamos aquí con nuestro deber, y sea luego lo que fuere’; pero esa sinceridad, oculta una más profunda insinceridad. ¿Es que acaso con decir “de eso no se debe hablar”, se consigue que uno no piense en ello ?”. Y me identifico con su pensamiento, más en estos tiempos donde banalidad y superficialidad tienen implantadas sus reales. Hablamos de pájaros y flores, creyendo que ésto es comunicarse. ¿Lo es? Pienso que no. ¿Por qué es de mal gusto hablar sobre el misterio de la muerte, que a todos nos espera a la vuelta de la esquina? Nunca lo entenderé, a no ser que en definitiva sea el miedo que no queremos reconocer, lo que nos paraliza. Y hablando de eliminar miedos y temores, compartir una reflexión de mi admirado Gonzalo Rodríguez-Fraile, en el estupendo curso impartido por una conocida red de meditadores con el tema “¿Un nuevo paradigma de la realidad?”. En una de sus sesiones hablaba de la muerte como un “volver a casa” del chaval que, interno en un colegio, espera hacerlo impacientemente en verano o en Navidad. ¡Con qué ganas se vuelve a esa casa natal donde nos esperan los abrazos de la madre y el calor del hogar! Lo mismo en la vida, sin saber el porqué, sentimos nostalgia - quien la sienta- de ese hogar primigenio del que venimos y del que no llegamos a desconectar del todo. “La intuición es una facultad espiritual que no explica el camino, sólo lo señala” (F. Scovel). Otra explicación plausible pudiera ser que nuestro espíritu tiende hacia aquello que habitándonos, nos sobrepasa. Palabras mayores.

Una servidora, a la que le encantan los documentales añejos, cada vez que visiona uno de ellos, no puede evitar pensar que todas las personas que allí aparecen, hace tiempo que están criando malvas. Da igual lo ilustres o mindundis que hubiesen sido en vida. Al final todos, polvo del camino. Generaciones enteras que como nosotros, vivieron sus sueños y padecieron sus fracasos y hoy, son apenas un recuerdo en la lejanía del tiempo que todo lo borra. Por eso, cada vez más, pienso en ese “volver a casa”. A ese hogar intemporal del que procedemos, donde nos espera el Amor con mayúsculas, que nos creó y vivió en nosotros sin que nos enterásemos de ello. Mientras pasábamos por esta vida efímera, con nuestro ego inflado ansiando poder, dinero, prestigio, imagen, diversión y yo que sé cuantas naderías más. Volver a casa... en esa otra dimensión donde “las cosas que ningún ojo vio, ni ningún oído escuchó, ni han penetrado en el corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que lo aman”.(1 Cor. 2,9).

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