“Ay Pampelune, admirable citié”
Publicado el 11/07/2022 a las 07:22
Una de las mejores cualidades del hombre es la admiración, que brota del corazón. Estoy en mi ciudad. No conozco otra urbe donde la vida tenga tanto sabor. Ciudad secular, vetusta, gloriosa, regia, jaranera, audaz, cuartelera, levítica. Las calles tienen alma en sus títulos, que poseen el privilegio rancio y aristocrático de los rótulos castizos, de los personajes célebres. ¿Qué ideales, dolores, alegrías, nos indican estos letreros? ¿Qué mundo de sensaciones tan hondas, tan grandes simbolizan estos nombres?
Pasear por la ciudad donde muchos te reconocen, saben de dónde vienes, a qué te dedicas, con quién convives , quién eres… produce un sentimiento extraño. Algunos me saludan , otros se paran, porque en cierto modo pertenezco a ellos y a sus costumbres. Tengo una necesidad innata de pasear por la ciudad medieval sin saber qué hora es. Camino en solitario, por la mañana. Quiero ver la verdad de Pamplona y no deseo que nadie me interrumpa. Me he desprendido del reloj y tengo todo el tiempo del mundo. Al volver una esquina, aparece la Catedral, plenitud de los tiempos, el Ayuntamiento, custodio de la libertad, la Plaza del Castillo, ágora del entretenimiento. Un paisaje urbano que emociona y asombra. Todo es nuevo, todo está por descubrir, todo por estrenar. Observo que la naturaleza y la arquitectura fundamentan la ciudad. Forman un matrimonio bien avenido entre lo producido por el ser humano y lo dispuesto por Dios.
Me detengo atraído por una fuerza desconocida. Luego prosigo la marcha, entristecido, porque sé pocas cosas de las fuentes, palacios, iglesias, bares, comercios. Veo piedras, plazas solitarias, calles llenas de vida. Han pasado siglos desde que se construyó con sangre derramada. El viejo paseo, el que descubre un mirador por encima de las murallas: los flancos cortados a pico como un murallón eminente, el río callado al pie de esta muralla natural y lento de aguas pardas o grises, que lame los guijarros y que se aleja hacia delante en pronunciados serpenteos.
Y un panorama noble, la cuenca de Pamplona, que D. J. M. Iribarren ha definido “como verde, constelada de aldeas, bajo el anfiteatro gris de San Cristóbal, un Arga harinero de orillas llenas de molinos”. En la ribera verde y deleitosa del sacro Arga hay una vega grande y espaciosa, que está vigilada por la urbe, asentada sobre una terraza superior. Los montes, los campos, los árboles, el cielo como espejo de la tierra fértil configuran un paisaje que emociona. La cuenca verde forma el área de influencia. En la ribera del sacro Runa existe una vega urbanizada: ¡Oh Arga, te vi en Urquiaga nacer y en Funes morir! Me dice D. J.M. Lacarra que los dos burgos y la citié se hallaban separados por muros y fosos, y que sus vecinos recelaban unos de otros. A lo largo de la historia, la violencia ha sacudido el tejido urbano y humillado a los ciudadanos. Las riñas y litigios eran frecuentísimos. El Príncipe de Viana relata el enfrentamiento entre el Burgo Viejo y La Población en su Crónica de los Reyes de Navarra: “(…) por que un día los del Burgo de Sant Cernin, con grant poder de gentes, salieron é quemaron la dicha Poblacion; é por quanto los habitantes de la dicha Poblacion se retrajeron á la iglesia de Sant Nicolás, los del dicho Burgo, como más poderosos, tomaronlos por fuerza, é quemaron la dicha iglesia é mataron mucha gente, que en la dicha iglesia estaba, especialment perecieron unas doncellas, que era grant compasión sentir tanto daiño en tan delicadas é fermosas creaturas”. G. de Anelier nos comenta poéticamente la Guerra de la Navarrería: “Alanceando a los hombres,/atropellando a las mujeres/,apoderándose de cuanto encontraron y robando cuanto pudieron/ Nunca se vio a ningún hombre vengarse tan bien”. ¿Cómo evitar la violencia? El ser humano no ha encontrado el secreto para evitar la violencia . Pero dicha violencia resulta aún más inhumana cuando se considera al servicio de una verdad a la vez histórica y absoluta.
Enrique Iriso Lerga