La necesidad de oxígeno


Arturo Palomar Orkoyen

Publicado el 04/04/2022 a las 07:14

Estos días he estado leyendo el libro “Breve historia de la tierra” de Andrew Knoll que, aparte de ser muy ameno y didáctico, con el que he pasado entretenidas horas y con el que he aprendido bastante, este libro me ha llevado a conocer a un ser del que hasta entonces no sabía nada: el “Tiktaalik”. Para aquellos que, como yo hasta hace poco, nada saben de este ser, les diré que es considerado por los científicos como la prueba irrefutable de que la vida terrestre surgió del mar. Es decir, que se considera el eslabón entre los peces y los tetrápodos, esto es, los animales que caminan con cuatro patas. Este ser que vivió en los océanos hace 370 millones de años, tenía características de pez, branquias, escamas y toda la pinta de pez que vemos en sus compañeros en la pescadería del Mercadona, pero también tenía cuatro patas con las que de vez en cuando salía de la charca para dar un paseíto por la tierra y airearse con oxígeno del bueno. Además, para completar el cuadro, tenía pulmones, el cráneo plano, con dos ojitos negros en lo alto, y dos orificios en los laterales que los científicos han identificado como oídos.

Me imagino a este Tiktaalik una tarde cualquiera de aquel remoto pasado, cuando refrescaba y apetecía salir, acercarse a la orilla de su charca, y dar un paseíto por la orilla con sus andares de anfibio. Con este antepasado nuestro se inauguró nuestra sana costumbre de salir a dar una vuelta para despejarnos al caer la tarde, a la vez que dio comienzo la moda de tener pulmones y de respirar oxígeno del aire para llevarlo hasta ellos. Antes del Tiktaalik, toda la vida se había circunscrito al océano, el hogar de la vida, donde se había generado hacía más de 3700 millones de años, tiempo más que suficiente para estar harto de respirar el oxígeno viciado del agua, de estar en casa y desear salir a dar una vuelta, digo yo. El primer Tiktaalik que salió de la charca, estoy seguro, inspiró fuerte el aire puro, llenó sus pulmones y se dijo: “esto es vida”, y a partir de entonces, se extendió por la superficie.

Atardece mientras pienso en este remoto y cercano ser, al que tenemos que estar agradecido por su valentía, y me digo que ya va siendo hora de que salga yo también de mi charca a dar un paseíto por Carlos III y oxigenarme como un Tiktaalik cualquiera.

Arturo Palomar Orkoyen

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