Muchachos con medalla

Miguel Ángel Martínez Janáriz

Publicado el 03/04/2022 a las 08:24

Este martes, en todas las televisiones pudimos ver con sonrojo la concesión de las medallas al mérito militar a unos muchachos soldados rusos con edades comprendidas entre 18 y 20 años. Los muchachos habían quedado amputados de una o dos piernas como consecuencia de heridas de guerra. Sentados en su silla de ruedas, escucharon en silencio el discurso del ministro de defensa e impertérritos, como buenos soldados obedientes, tuvieron que soportar estoicamente cómo les daba las gracias el general por los servicios prestados a la nación. Me produjo tal indignación dicho acto que lo calificaría de vil y miserable que tuve que apagar la televisión para poder seguir comiendo. El ministro en todo momento se dirigió a los muchachos soldados sin ningún atisbo de humanidad y se mostró frío y distante. Les habló detrás de un micrófono y les dio a entender que su sacrificio no había caído en saco roto, sino que estaba sirviendo para que la operación militar por la que habían sido llamados a filas, fuera cumpliendo con todos sus objetivos y pronto, (tampoco había demasiada prisa, pues soldados como ellos había a patadas, dispuestos a perder cualquier miembro del cuerpo e incluso la vida, de hecho, ya han muerto 17.000 soldados rusos según las últimas fuentes...), la gran nación rusa sería liberada del nazismo, en aras de la seguridad nacional.

Palabras vacías, que los muchachos imagino escucharían con rabia e indignación. Seguro que sus pequeños cuerpos estarían segregando adrenalina y cortisol por todos sus poros. Y sus madres, ¡qué pensarían, o mejor dicho, que sentirían sus pobres y abnegadas madres, al ver a sus hijos allí solos e indefensos, teniendo que soportar a ese general arrogante, enfrente de sus hijos, mutilados de guerra! No quiero ni pensarlo. Los muchachos oyeron el discurso en silencio, pero en su rostro se denotaba tristeza y humillación por tener que escuchar esas palabras en boca del máximo responsable de su invalidez, que si la ciencia o algún milagro no lo evitara, iban a tener que arrastrar de por vida. Sentados en su silla de ruedas y con un pijama blanco y un rostro triste y apagado, se mantuvieron serios en todo momento, sin osar mirar al ministro cuando con gran ceremonia les impuso la medalla; aún tuvieron el coraje de adelantar algo el pecho para que el ministro les colocara la susodicha medalla de la vergüenza. Un acto de humillación por parte del máximo responsable de las fuerzas armadas rusas, que se dirigió a ellos, en tono implacable y les arengó “sobre la patria y otras milongas” como si fueran muñecos o animales y no muchachos adolescentes, casi niños. Nadie puede saber hasta donde puede llegar el cinismo y lo abyecto en el ser humano, pero ese ministro sobrepasó todos los límites. ¡Pobres muchachos, inválidos para siempre con 18 y 20 años por tener que ir a una guerra injusta como todas! A su edad, deberían estar estudiando, trabajando o jugando que es lo que hacen los muchachos con esos años... Cuando uno ve esto, deja de creer en la condición humana. No mejoramos ni para atrás.

Miguel Ángel Martínez Janáriz

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