La villa romana de Arellano
Publicado el 02/03/2022 a las 07:37
La mañana está levantándose cuando cruzo los campos camino de la villa romana de Arellano. El sol recorta los perfiles del día recién levantado definiendo las formas con inusitada belleza. Es noviembre y, el otoño, por unas horas, deja atrás la melancolía para dejar paso a la más pura contemplación. Los cereales iniciando su nueva vida y los árboles despidiéndose de ella. La naturaleza circular de la vida, o la vida circular de la naturaleza. Silencio, el viento soplando débilmente, como susurrando algo que no logro entender. Llego a la villa romana y entro al espectacular y bien cuidado yacimiento. No hay nadie dentro, tan sólo los recuerdos de los que allí vivieron. Veo las distintas estancias de esta gran villa rural, la bodega con sus enormes tinajas, la cocina, el mosaico de las Musas, y los templos donde veneraban a sus dioses estos primeros navarros. Leo en los carteles explicativos acerca de su modo de vida, me los imagino llevando su existencia en este lugar al ritmo que marcaban las cosechas, entregados a la industria del vino y del aceite. Me meto en su piel de romanos de Hispania, y trato de olvidar lo que soy, lo que la ciencia y el saber del siglo XXI me ha dado, y por raro que parezca, en esa mañana quieta y estática de noviembre, lo consigo: no hay mucha diferencia entre ellos y los navarros de ahora. Salgo de la villa y paseo por el desierto templo dedicado a Cibeles en donde se realizaban sacrificios a la diosa. Salgo del recinto y contemplo las enormes extensiones de campo abierto que nos sigue proveyendo de sus frutos. Es el mismo sol que entonces iluminaba sus campos, el mismo aire, ¿el mismo tiempo? Siento de nuevo que no somos muy distintos. Sé que el tiempo es lineal, la razón me lo dice. Hace miles de años que estos hombres y mujeres vivieron y murieron en esta villa. Lo sé. Sin embargo, ahora, en esta mañana, sé también que el tiempo se pliega y se enlaza en sus extremos para repetirse. Que todo tiene un sentido cíclico, infinito. Roma, la actualidad, el futuro, todo es real e infinito en su repetición, y el tiempo, como la superficie de un río, es tan sólo el espejo en que se representa.
Arranco y dejo atrás la villa romana de Arellano, con sus extensos campos que una vez alimentaron la industria vinícola y aceitera de este lugar. El lugar se queda esperando, como lleva haciéndolo desde hace dos mil años, a que volvamos y recordemos a estos primeros navarros perdidos en el tiempo.
Mikel Arizkun