Rojillos
Publicado el 19/12/2021 a las 09:04
Tener un apodo puede resultar provechoso. El individuo o institución que lo posee se rodea de un halo de cierta popularidad, por ello los grandes jerarcas comunistas los emplearon. Claro que no es deseable si te llaman por ejemplo “El Albondiguilla”, “El Gallego” hablando de Franco, o “El Barbas” si se trata de Rajoy, motes que se inventaron con intenciones poco caritativas. En la Ribera para identificar a las personas y a las familias se prescinde del Registro Civil, que para eso están los apodos procedentes de padres y abuelos (o de madres y abuelas, perdón), sin saber en muchos casos, con el paso del tiempo, ni el porqué ni el origen. Lo que no suele suponer por lo general ningún oprobio o baldón, por ser la forma socialmente aceptada de identificar a las personas (los de la familia de nuestra Presidenta foral, que como se sabe es de Cintruénigo, tienen su apodo, como no podría ser de otra manera).
En el fútbol, mundo poco académico, pasa algo parecido. Los del Barcelona son “los Culés”, los del Atlético madrileño “los Colchoneros”, y los del Español ”los Periquitos” según creo. En Pamplona había un individuo muy popular, entrenador del Iruña, al que todo el mundo llamaba “El Picu”, pequeño pero de nariz grande y afilada (mi padre lo consideraba el hombre que más sabía de fútbol de España). En Bilbao, siempre humildes y modestos, a los suyos les llaman “los Leones”, aunque con las melenas algo más recortadas que en aquellos gloriosos tiempos de los Panizo, Zarra y Gainza, y al campo donde juegan le dicen “La Catedral”. Pues entrando en el tema que titula este artículo: Los de Osasuna debían tener también su particular modo de llamarlos, y como siempre han vestido camiseta roja podrían ser “los rojos”, que no suena bien, con malas resonancias de otros tiempos: “los rojos” en la propaganda franquista, cuyo eco perdura hasta hoy mismo, eran los comunistas, los sin Dios, la antiespaña, etcétera... Había que entrar por otro registro. ¿Los “Rojitos” tal vez? Pues no, suena poco navarro, y sugiere pequeñez o insignificancia, incluso gilipollez. ¿Los “Rojicos”? Tampoco, resulta “navarrico”, para risa y posible desdén de los vascos. Pero el idioma castellano es rico en diminutivos: queda aún “Rojillos”. Pues adelante y ¡aupa Rojillos!, equipo valiente y luchador, de quien depende la felicidad de muchos navarros, o al menos el que puedan ir tirando en estos difíciles tiempos que corren.
Daniel Bidaurreta Olza