Birichitos
Publicado el 25/10/2021 a las 07:38
El cementerio San José de Pamplona se encuentra enclavado en la margen izquierda del río Arga, término de Birichitos, cuya etimología procede de dos voces euskéricas: iberi (vado) y chito o chitu (pequeño). Un lugar abierto, luminoso, archivo de la historia de Pamplona. Un pueblo dormido de tumbas, rodeado de un muro alto que separa a los vivos de los muertos siempre silenciosos. Un cementerio lejos de la cotidianidad, apartado y solemne. Un dormitorio, un camposanto, una morada de paz, una morada de queda.
El ser humano tiene el sentido religioso de enterrar a los muertos con los significativos signos del misterio y de la esperanza. Desde los inicios de la cristiandad se profesa veneración a los muertos y a los cementerios. Las catacumbas fueron los primeros templos cristianos. A partir del siglo IV se levantaron iglesias en todas partes donde vivían cristianos, quedando los cementerios relegados. A los cristianos les costaba aceptar esa separación. Querían que los difuntos durmieran bajo el suelo de las iglesias y siguieran los oficios divinos en silencio. El concilio de Nantes (658) permitió que los muertos en comunión con la Santa Iglesia fuesen enterrados en los atrios y pórticos de las iglesias. Los que fallecían en olor de santidad, especialmente los mártires, en el interior del templo. En la Edad Media se introdujo la costumbre de enterrar dentro de los templos a los prelados, reyes, nobles, patronos, bienhechores y al resto de los mortales cristianos. A los personajes se les inhumaba en sarcófagos y en capillas laterales. Una de las penas canónicas más grave era la privación de sepultura.
Esta costumbre cambió en la Ilustración. La orden del Real Consejo (1787) dispuso el establecimiento de cementerios ventilados fuera de las iglesias. En 1806 se construye el cementerio de San José de Pamplona siguiendo los planos del arquitecto Pagola. A éste le siguen los cementerios provisionales de los Pinos , Rochapea y Aranzadi, y el cementerio civil o de impenitentes.
En la conmemoración de todos los fieles difuntos los pamploneses se acercan en masa a las tumbas que habitan los suyos, que ya no están, pero siguen con ellos y les echan en falta. Honran a los muertos. Colocan los ramos de flores en sus parcelas funerarias. Conversan con los que tienen nombre pero no voz. Los recuerdan por lo mucho que recibieron y por la impronta que les dejaron. Los clásicos rezan tres padrenuestros por ellos y con ellos. Pronuncian en latín el “requiéscat in pace, descanse en paz”. Y se santiguan. La unión con los que duermen en la paz de Dios no se interrumpe.
Se respira sosiego en Birichitos, que ni es calle ni es barrio. Los cipreses florecientes, verdosos y enfilados transmiten paz. Representan la conservación del cuerpo de la putrefacción, el duelo, la dignidad y la libertad. Los muertos despiertan tras un sueño largo: “Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor” (Lam 3, 17-26).