Un camino seguro

Gustavo Milano

Publicado el 14/10/2021 a las 07:57

Antes yo no era mucho de bici. Prefería otros medios de transporte más cómodos, como el autobús o el coche; como última opción iba a pie. Pero estar subiendo una cuesta y tener que cargar, no solo con el propio peso, sino además con el peso de una bici encima me parecía algo detestable. No, yo no soy gordo. Simplemente no tenía la bici en mi radar de opciones válidas de locomoción. Sin embargo, hace poco tiempo el cuadro ha cambiado, y tiene que ver con mi llegada a Pamplona. Yo nací en São Paulo, la ciudad más grande de Brasil, y ahí el tema de la bici normalmente no se plantea como medio de transporte en días laborales. No solo por no ser una ciudad especialmente llana, sino sobre todo porque lo más probable es que tu trabajo esté a varios kilómetros de tu casa, pasando por zonas todavía sin ciclovía, etc. La bici - eso sí - me parecía posible como deporte, en sus distintas modalidades, desde la estática hasta la de carretera.

Pero volviendo a Pamplona, vi que en mi Colegio Mayor hay algunas bicis disponibles para la gente que quiera usarlas, y, después de comprobar que ir a pie a la Universidad de Navarra me resultaba demasiado largo, decidí dar una oportunidad a la bici. Cogí la que me transmitió más seguridad, me enteré del camino a seguir y, ¡a montar! Los primeros días estuvieron bien, excepto uno u otro despiste en la ruta. Sin embargo, más o menos por la segunda semana de esa rutina presencié algo emblemático. Sobre las nueve de la mañana me encontré con trabajadores pintando unos adoquines de la acera con un spray bastante llamativo cuando los encontraban sueltos, mientras otros detrás se dedicaban a despedazarlos y recoger los trozos, y por fin un último grupo limpiaba mejor la zona y ponía nuevos adoquines, con un poco de hormigón por debajo para conservarlos firmes. Efectivamente, pasando con la bici, se notan algunos adoquines sueltos, que eventualmente pueden causar tropiezos u otros pequeños incidentes urbanos. No obstante la sencillez del acto de reponer adoquines sueltos, me ha llamado la atención el hecho de que la ciudad se haya preocupado hasta ese extremo con el bien estar de su gente, a punto de destacar algunos hombres a no solo cambiar los adoquines que ya se ven rotos o desplazados, sino a buscar unos que aparientemente están bien, pero que - literalmente - en el fondo están sueltos.

Ese tipo de trabajo fino en favor del ciudadano sería inconcebible en una ciudad que no estuviera atenta a los detalles y dispuesta a realmente buscarse trabajo, adelantándose a los posibles problemas futuros. Una u otra vez, pasando de bici por la acera, todavía noto algún adoquín suelto en mi camino hacia la Universidad, pero sé que es cuestión de tiempo: Pamplona me está haciendo el camino más seguro.

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