Hospitalidad pamplonesa

Juan Ignacio Izquierdo Hübner, chileno estudiante en la Universidad de Navarra

Publicado el 24/09/2021 a las 08:02

El único lugar de Pamplona que me genera un cierto desasosiego -nada grave- es la explanada que hay junto a la puerta de la Oficina de Extranjería, ubicada en Av. de Guipúzcoa, debajo de un edificio alargado de dos plantas, a pocas cuadras del Decathlon. Lo viví esta semana.

La gente acude a su cita según el horario que consiguió por internet y espera fuera, mirando su reflejo en las puertas de vidrio. Además del nerviosismo natural que inspira el proceso, debemos estar atentos a las llamadas que hace algún funcionario a intervalos indeterminados para invitar a pasar a la sala de espera. Ese aviso no siempre se escucha bien, pues depende de la capacidad vocal de la persona que llama y obliga a que la gente se apelotone contra la puerta, generando así un cuello de botella difícil de dispersar. Es que además de la dificultad de oír, muchos tienen problemas también con el idioma o están confundidos con la terminología del proceso legal: incertidumbres que aumentan la tensión en el ambiente.

A pesar de todo esto, el esfuerzo que hacen los funcionarios de Extranjería es admirable. La cantidad de trabajo que tienen los desborda y, sin embargo, son diligentes y escuchan con atención a la gente. Un suceso me confirmó esta impresión: mientras esperaba en la explanada, me llamó la atención la presencia de un chico que contrastaba con el ambiente de crispación general. Tendría unos 16 o 17 años, yo diría que era de origen afgano y estaba de pie junto a la puerta vestido con un chándal deportivo: lo vi relajado, incluso alegre y canalizaba su completa confusión con la burocracia a través de una risa liviana que conservaba cierta gracia infantil. De repente, salió un funcionario de unos 40 años y le entregó un documento: - Este es el papel que te falta. Ahora debes ir al banco, hay uno detrás de ese edificio, dijo indicando el otro lado de la calle, y pagas la tasa-. El chaval no dio señales de haber comprendido mucho y el funcionario añadió: -¿Tienes dinero?-. -No-. - A ver, espera un poco, respondió con un inicio de impaciencia y volvió a entrar en la oficina. Bueno, en realidad no dijo “a ver”, sino “joder, espera un poco”.

Al cabo de unos minutos, el funcionario regresó con un billete de 20 euros y, entregándolo al muchacho, le dijo con un tono que estaba en medio entre la formalidad de un trabajador del Estado y el afecto de un hermano mayor: -Toma, vete con este dinero al banco y regresa con el papel timbrado-. El chaval sonrió con los ojos, una risa atravesó su mascarilla y se puso a caminar hacia donde le habían indicado. El funcionario no miró a nadie más, seguro de su anonimato, y regresó ágilmente a su puesto de trabajo.

Cuando comenté este suceso con mis amigos de la Universidad, todos coincidimos en la conclusión: “¡Vaya que son buenos anfitriones los pamplonicas!”.

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