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La fuerza de la vida

  • Esteban Iraburu Elizalde
Publicado el 21/09/2021 a las 07:58
Me ha hecho gracia la noticia de las distintas reacciones ante el reverdecimiento de la Plaza de los Fueros. Desde que se hizo he mantenido cierta relación amor - odio con la citada plaza, por la que durante algunos periodos de varios años he circulado a diario. Me gusta su amplitud y limpieza de líneas, la simplicidad de su iluminación ambiental, la eficacia para canalizar los flujos de coches y peatones, el ser un cierto remanso de tranquilidad en medio del ajetreo. Y me disgusta la absurda estrechez de sus pasos de peatones (especialmente la muy frecuentada rampa de salida hacia la Misericordia), la mala calidad de sus ladrillos y, sobre todo, la incomodidad de sus adoquines.
¡Los malditos adoquines! Durante años hacíamos el recorrido Vuelta del Castillo - Avenida de Galicia siguiendo las rejas metálicas de desagüe, hasta que un alma caritativa municipal decidió hacer el actual paso paralelo liso. Su ajuste con los adoquines es desastroso y feo, pero funciona. La consecuencia de evitar los adoquines es ese festival de verdor que al menos alegra la vista. ¿A quién hace mal esa hierba? Curiosamente, el problema de la Vuelta del Castillo es el exceso de afición a pisar lo verde, que produce múltiples sendas paralelas peladas. Además, la hierba incluso puede llegar a dulcificar los adoquines, haciéndolos menos incómodos para transitar por ellos.
Pero lo que más me gusta es ver la fuerza de la vida, que se abre paso a través de las limitaciones artificiales. Otras calles y plazas también muestran esa vitalidad, que ante tantas legislaciones impositivas y dictatoriales nos recuerda que tenemos fuerzas y recursos que terminarán venciendo esas adversidades.
Esteban Iraburu Elizalde
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