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Escuchar

  • Carmen Olorón Goñi
Publicado el 21/09/2021 a las 07:55
Comenzaremos diciendo que no es lo mismo oír que escuchar, aunque haya quien ni oye ni escucha. La escucha aproxima al diálogo -conversación entre dos o más personas que exponen sus ideas y comentarios de forma alternativa- (¿seguro?). No sé si esta es exactamente la idea que tenemos de la escucha y el diálogo. Me decían recientemente que en la habitación de un centro hospitalario se encontraron dos señoras y comenzaron a contar a la otra el por qué de su ingreso. La supuesta conversación era atropellada, montando una sobre otra sus historias. ¿Cuánto de escucha y cuánto de diálogo existió en este primer encuentro?. ¿Realmente se enteraron de qué es lo que les pasaba a cada una? Pero lo triste del asunto es que normalmente ésta es nuestra manera de comunicarnos. ¿Cuánto nos importa de verdad, de verdad, lo que nuestro interlocutor nos está contando? ¿Le prestamos atención o soltamos nuestra parrafada, generalmente del “yo también” y además más y mejor, sobre el tema planteado?
No nos educaron para la escucha, eso está claro. No hay más que oír las conversaciones a nuestro alrededor, da lo mismo en un hospital, en el autobús o en la terracita de turno. Hablamos nosotros -la cuestión es hablar de lo que sea- pero escuchar, ¿quién escucha? Hace falta mucho amor para escuchar, lo tengo comprobado. Cuánto menos amamos, menos escuchamos. ¡Y no digo nada si los interlocutores no son de los “nuestros”! De nuestro país, de nuestra religión, de nuestra ciudad, de nuestro pueblo, de nuestro partido político, y hasta de nuestra clase social. Tienen que ser de los nuestros para que les prestemos siquiera una mínima atención, o al menos el beneficio de la duda de que puedan enseñarnos algo, a nosotros que lo sabemos todo.
Y luego está el juzgar, ¡madre mía! ¿Escuchamos sin juzgar o juzgamos sin escuchar? Si poco escuchamos, menos lo hacemos todavía sin juzgar. Si nos cuentan que una pareja se ha separado, por ejemplo, casi siempre entramos a valorar y juzgar la situación. No sirve que se acabase el amor, nuestros juicios salomónicos necesitan un culpable. Y como este ejemplo, casi todo en la vida. En la arena política verbigracia, la palabra escuchar fue borrada sine die, sustituyéndola por otra de dudosa eficacia y buen gusto; descalificación. En este coso, todo el mundo, aun los menos preparados, sabe, opina, juzga, critica y condena.. a veces simplemente porque no son de los “nuestros”. ¡Ay lo de la mota de polvo en el ojo ajeno!
Luego están los profesionales de la escucha. En EEUU es normal el psicoanalista, aquí se va imponiendo el psicólogo. En tiempos, el confesor era todo eso y mucho más. Ahora lo hemos sustituído por unos profesionales que se dedican a eso; a escuchar. Y es que seguramente necesitamos ser escuchados, hacer la catarsis de sacar al exterior para que no se nos pudra dentro, todo aquello que nos oprime o nos agobia. Y por lo tanto compartirlo. Porque, ¿cuánto sabemos de los sueños o frustaciones, objetivos o proyectos, alegrías o decepciones de quienes duermen bajo nuestro mismo techo o de aquellos con quienes compartimos a menudo el café o la cerveza?.
Y para terminar está el tema de la edad. No se escucha de la misma manera al niño que al anciano. Del niño nos interesa todo, es nuevo, transmite energía y positividad y queremos compartir la ilusión de esa vida que comienza. El anciano, sin embargo, vendido ya todo el pescado en el mercado de la vida, representa de alguna manera el triste final que a todos nos espera y que consciente o inconscientemente rechazamos. Escuchar sus repetitivas dolencias no tiene nada de atractivo y escapamos de sus historias, siempre las mismas, quizás porque el disco duro de su mente ya no dé para más. Y además nosotros en nuestra vida estresada y competitiva, no estamos ya para escuchar las batallitas del abuelo. Lo dicho, tal vez sea cuestión de amor.
Carmen Olorón Goñi
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