Adiós a las aulas
Publicado el 20/09/2021 a las 07:53
Tras treinta y siete años de docencia en las enseñanzas medias, al comenzar este curso he dicho adiós a las aulas; me he jubilado o, para escribir con propiedad, prejubilado. Han sido muchos años de respirar el polvo de la tiza (hoy ya arrinconada) y de muchos alumnos a los que he dedicado lo mejor de mí a la vez que intentaba transmitirles conocimientos de Lengua y Literatura Española, Latín y Filosofía. La docencia ha sido mi gran vocación. Parece que era ayer cuando, muchacho de diecisiete años que estudiaba COU, dudaba entre cursar Derecho, Periodismo o Filología Hispánica. Al final, animado por los excelentes profesores de Bachillerato que tuve en el Colegio Diocesano “San Miguel de Aralar”, me decidí por la Filología. Y creo que no me equivoqué. Es verdad que he tenido otras vocaciones menores: poeta de un poema al año, articulista esporádico, gruñón de guardia, teólogo de alcantarilla, auxiliar de dependiente en la extinta tienda de ultramarinos de mi abuela, cabo primero de artillería por mor de la mili obligatoria, horticultor de un pequeño huerto hoy reconvertido en jardín, pintor de brocha gorda, fontanero de urgencia en mi casa de Jaurrieta… pero mi gran vocación y pasión (en su doble sentido de gozo y padecimiento) ha sido la enseñanza.
Hoy, recluido en el estudio de mi casa, no puedo dejar de pensar en lo que ha sido mi vida y que en este momento las clases continúan y yo ya no estoy en ellas. Me encuentro alegre y contento, con la satisfacción del deber cumplido. Y puedo decir con orgullo, y también con humildad, que me he sentido muy querido por el alumnado y así me lo dicen esas alumnas que, después de diez años que se fueron del colegio, se han apresurado a traerme unas pastitas al enterarse de que me jubilaba; y un correo precioso que he recibido de una madre diciéndome que algo habré tenido yo que ver con el hecho de que su hija se haya entusiasmado con el latín (¡con los tiempos que corren!)… Sé que algunas personas me han percibido como raro y exigente, pero me consuela saber que también cercano y accesible.
No obstante, me voy un poco preocupado por el futuro de las Humanidades. El auge de la tecnología y de la ciencia y las necesidades del mercado han ido arrumbando su prestigio. En algunos centros de enseñanza se ha dejado de impartir griego, en otros escasean los alumnos de latín, la Historia de la Filosofía se planteado en estos últimos años como una asignatura optativa, la Ética ha estado o está en situación de riesgo… Yo tengo que decir con sinceridad que las Humanidades, además de ser mi modus vivendi, me han servido de mucho: me han ayudado a tener un pensamiento crítico, una mentalidad abierta y no dogmática, a nadar con cierta soltura en ese proceloso mar que es la vida… En cualquier caso, creo que es imprescindible una formación humanística para todo el mundo. Necesitamos economistas y empresarios que sepan poner en el centro de su actividad no al dinero y a la especulación, sino al ser humano y sus auténticas necesidades; y lo mismo podríamos decir de médicos, físicos, biólogos, abogados… ¡Qué razón tenía el insigne doctor Gregorio Marañón cuando decía que “el médico que solo sabe medicina, ni medicina sabe”!
Y una segunda preocupación me intranquiliza: la formación en valores. En un mundo que a veces parece propalar el falso mensaje de que todo da igual y de que nada podemos hacer por la transformación del mundo, creo que urge no desmoralizarse (en el doble sentido de abatirse y perder los valores morales). Estoy convencido de que hay que seguir diciendo a las nuevas generaciones que merece la pena ser honrado, buscar la verdad, tener como brújula la bondad, la justicia, la belleza, contemplar el mundo con ojos de samaritano, que una cosa es lo que se puede hacer y otra lo que se debe hacer… Vivimos en un mundo complejo y difícil y la educación es fundamental no porque sirva para cambiar el mundo, sino porque sirve para cambiar la sensibilidad de las personas que podrán poco a poco transformarlo. Menos me preocupan otras cosas como la digitalización y el uso de las nuevas tecnologías. Sé que mis compañeros, pasada esta fiebre inicial que lleva a pensar que serán la panacea, harán un uso razonable de las novedades metodológicas porque como dice la sabiduría del Eclesiastés todo tiene su tiempo y sazón. No se trata de servir a las tecnologías, sino servirse de ellas. Puede ser útil indagar en internet en un momento dado, pero igualmente alcanzar la lectura profunda, libro en mano, en otro; podrá ser útil extraer datos en los buscadores del ordenador, pero en otro momento tomar apuntes en una clase expositiva y luego hacer una síntesis puede ser un ejercicio mental extraordinario. Como tantas otras cosas en la vida se trata de lograr un equilibrio satisfactorio. Ahora que comienzo la última etapa de mi vida espero con ilusión devolver algo de lo mucho que he recibido de ella y que todo lo que he aprendido enseñando me sirva para vivir esta etapa con cierta felicidad, esa palabra tan rimbombante, pero que parece ser que no significa más que saber saborear las pequeñas y cotidianas cosas de la vida.
Y termino pidiendo públicas disculpas si alguna vez no estuve a la altura de las circunstancias o de lo que necesitaban mis alumnos, que sepan que no fue por malquerencia, sino porque Natura no me adornó con el don de la perfección. Mucha suerte y mucho acierto a todos mis compañeros de la enseñanza en este curso recién estrenado.
Pedro Miguel Ansó Esarte, ex profesor de Humanidades en el Colegio FEC Vedruna de Pamplona.