Aguantar

Carmen Olorón Goñi

Publicado el 12/09/2021 a las 08:33

La definición de “aguantar” nos dice que se trata de un verbo transitivo y que significa sostener o sujetar el peso de algo o alguien, pero la presente reflexión va por los derroteros de la observación a corta distancia, apreciando que los hay que saben llevar muy bien el peso del verbo en cuestión y a otros, por el contrario, les abruma sobremanera. En los casos más extremos el aguantar puede derivar, y de hecho deriva, en crisis de todo tipo; existenciales, depresivas, de ansiedad o angustia, etc. Antaño se decía que se estaba de los nervios, ahora simplemente la persona a veces, incapaz de aceptar una situación personal complicada, se vuelve hipocondríaca. Quizás el quid de la cuestión estriba en una falta de equilibrio entre el exterior y el interior de quien por diferentes motivos se ve abocado a esta situación. El hecho es que hoy, más que nunca, la mayor venta de nuestras farmacias está en los ansiolíticos y similares. ¿A qué se debe este fenómeno?

Aguanta el empleado sumiso mordiéndose la lengua la tiranía de su jefe, porque le queda ya poco para jubilarse y todavía tiene algún hijo en la universidad que necesita de sus recursos. O aquel otro que, labrándose un porvenir, acepta ese trabajo que nada tiene que ver con su formación, pero que es lo único que en este momento laboral tan difícil, le permitirá poder independizarse.

Y aguanta quien padece la enfermedad que sea, a veces real y a veces imaginaria, que de todo hay en la viña del Señor. Y aguanta no sólo el enfermo con el dolor y la incapacidad a cuestas, sino quien cuida y soporta año tras año al enfermo, cuyo carácter avinagrado a veces convierte la vida del cuidador -o cuidadora en la mayoría de los casos- en un calvario. Y esta persona, aguantará porque quizás es su obligación moral el hacerlo o porque el resto de la familia se llama andana.

Aguanta la mujer al marido o a la inversa, enterrados para siempre aquellos sueños de compartir hasta las profundidades del alma su ser y estar de la vida en pareja. Ellos saben que en las cunetas de su existencia dejaron todas las ilusiones del principio, renunciando quizás a las mejores parcelas de su personalidad. Llámese egoísmo, llámese incomunicación, llámese inmadurez o irresponsabilidad, el tema es que la suma de factores hicieron planas sus ambiciones de felicidad compartida. Por otro lado la rutina y la monotonía lograron el resto, apagando toda chispa iniciadora de su vida en común. Y con la excusa de los hijos, siguen adelante sin brillo ni luz, porque se supone que estamos hechos para vivir en pareja y por aquello de que más vale malo conocido que bueno por conocer (decía Gala que la soledad compartida conduce a la desesperación)

Y podría hablarse también del aguante de los cuatro millones y medio de compatriotas nuestros que viviendo bajo el umbral de la pobreza, afrontan día a día su vida, sin otro horizonte que la manera de llenar hoy el estómago de sus hijos. Y aguanta la dureza de la vida en solitario, quien en soltería, viudedad u otras circunstancias, ve transcurrir el tiempo monótono, gris y sin alicientes, sin alguien que le escuche, sin un hombro sobre el que llorar y sin otro yo con el que compartir cualquier cosa.

Y cómo no hablar de quien perdió a aquel ser querido, amor de su corazón y sentido de su existencia, que roto por el dolor y la pena, sin motivo alguno para seguir adelante, aguanta la vida porque no le queda otro remedio. Y, a veces, como toda solución, ahí están las farmacias con sus pastillas mágicas que alivian todo tipo de dolencias físicas y psíquicas, olvidando a menudo que somos cuerpo, mente y espíritu. Y que en cuanto al aguante se refiere, no hay pastillas con las que poder “alimentar” a nuestro espíritu. Quizás por lo tanto, se trate de mirar en otra dirección. Quizás más arriba, quizás más adentro. 

Carmen Olorón Goñi

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