Reta de Casta Navarra
Publicado el 25/07/2021 a las 09:24
Sí, así se llama el hierro que Miguel Reta compró a los hermanos Peralta en 2010, llamado de Vientoverde, para inscribirse en la Unión de Criadores de Toros de Lidia con animales de Casta Navarra, con el objetivo de seleccionarlos para la lidia ordinaria, como antiguamente se hacía.
La Casta Navarra es una de las siete castas fundacionales del ganado bravo, posiblemente la más antigua, con una identidad genética que le aleja de todas ellas y de otras razas vacunas europeas. Es una joya zootécnica digna de ser preservada en aras del mantenimiento de la biodiversidad ganadera. Tuvo un gran auge en la segunda mitad del s. XIX y tiene el honor de tener entre sus filas al toro “Llavero” de Carriquiri que se considera uno de los más bravos de la historia. Murió en los corrales del coso de Pignatelli de Zaragoza una vez indultado (1860). Tomó 53 varas -de las de antes- y despenó 14 jamelgos. Su cabeza se encuentra en el Club Taurino de Pamplona.
Estos toros, que eran duros y fieros, fueron echados de las plazas hace ya más de un siglo, cuando se empezó a gestar el toro moderno que hoy impera, con una bravura restringida, una nobleza más o menos encastada, predecibles y manejables. La estampa de este toro poco tiene que ver con la de los antiguos, pues es bajo de agujas y largo de cuello, poco desarrollo delantero y cumplidos cuartos traseros. Una auténtica obra de arte de la genética animal, no exenta de peligro, por supuesto.
Pero Miguel Reta tenía la obsesión de recuperarlos para la lidia. A los animales navarros que ya poseía sumó otros de cinco ganaderías prestigiosas (Aranda, Arriazu, Domínguez, Lahuerta y Laparte), más algunos de Fraguas y de Arnillas. Ha trabajado con ilusión durante unos 25 años para volver con su ganadería a la lidia de los tres tercios.
La primera corrida se ha jugado en el templo torista de Céret en la Cataluña francesa, ante varios miles de devotos franceses y españoles. Animales colorados de seis años y pico de edad, con un peso medio cercano a 530 kg, altos y muy armados, con un comportamiento que tiene poco que ver con el del toro actual, pues se han seleccionado durante al menos este último siglo de forma inversa, para los festejos populares: animales reservones y que se dosifican en sus respuestas en las calles y que, cuando saltan al callejón, lo hacen persiguiendo al recortador.
La corrida de Céret no se puede juzgar con la visión actual de la tauromaquia pues los animales se “avisaron” muy rápidamente, hubo muchas dificultades para que llegaran y se emplearan en el caballo y, en la muleta, poco se pudo ver en un ambiente de pánico que nada ayudó a sacar lo que llevaban dentro. Los tres espadas y sus cuadrillas se comportaron como auténticos héroes; es importante reconocerlo.
Ahora toca analizar lo ocurrido y reflexionar sobre los pasos a dar en el futuro inmediato, pues existen soluciones que ayudan a seguir alumbrando el camino no sin antes reconocer el gran mérito y la generosidad que este abnegado ganadero navarro está teniendo para la tauromaquia universal.
Antonio Purroy Unanua