Botellón-basura

Juan de los Ángeles Cirauqui

Publicado el 16/07/2021 a las 08:16

No es solo beber en la calle. Y no todos los jóvenes lo hacen, pero sí todos los que lo hacen son jóvenes y eso salpica al colectivo y lo representa en el simplismo que nos caracteriza, así que perdón de antemano a aquellos que tienen otras formas de ocio y madurez para el respeto y la convivencia.

Dicho esto, al meollo: botellón supone fastidiar al vecindario, contagiar el coronavirus y dilapidar dinero (de todos) invertido en que sus aulas y actividades durante el año fueran seguras. Pero, sobre todo, supone normalizar la basura en las calles. Y aunque parezca lo de menos, no lo es: estamos asistiendo al incipiente y cada vez más extendido hábito de convivir con los envoltorios (plásticos de aperitivos, latas de refrescos, botellas, bricks y bolsas). Es decir, nos estamos habituando a vivir en suciedad.

Por muy intenso que sea el empeño de las Administraciones por limpiar los restos de las fiestas callejeras, nada puede borrar tanta secuela. Ahora, las ciudades (hablo de Pamplona, pero el fenómeno es contemporáneo y extenso) están mucho más sucias que hace diez o quince años. Y no digamos que hace cincuenta, cuando los servicios públicos eran menores y, sin embargo, la ciudad estaba más limpia: éramos más cívicos. Ningún tiempo pasado fue mejor, no soy nostálgico de nada, pero observador de algo y es obvio que involucionamos. La poca importancia que se da a la basura esparcida es negativa porque se normaliza el desbarajuste, porque en el fondo, no nos sorprende ni nos indigna, y eso quiere decir que estamos dispuestos a tolerarla e, incluso, a la larga, a interiorizar baremos de suciedad en espacios públicos. Y en ellos se moverán nuevas generaciones que clamarán por salvar la naturaleza y dejarán los jardines de la puerta de casa hechos una piltrafa. Eso sí, defenderán el ecologismo.

Ser ecologista en una ciudad supone ser limpio en la vía pública, por si los amantes del romanticismo exaltado incapaces del simple análisis de la concatenación de hechos y causas y efectos diarios todavía no han caído en la cuenta. Supone defender los árboles de calles y parques: esos que con tanta alegría los jardineros de Asiron (entiendo que por indicaciones de éste) comenzaron a reventar tan perfunctoriamente, y a Maya le ha costado parar demasiado tiempo. Supone no poner esos plásticos en parterres y jardines: otra herencia del gurú jardinero asironiano que espera una revisión por parte de alguien con criterios menos fashionistas y más científicos. Supone no reventar los parques con caminos, caminitos, carriles, carrilitos y toneladas de cemento sobre donde había hierba. Supone no talar árboles centenarios en el CHN (esta barbaridad, ¿de quién fue idea? ¿de Santos Induráin?) para un monumento al que los mismos árboles hubieran hecho más honores.

El botellón es el epítome joven de nuestra involución social en el civismo básico hacia los elementos comunes: vía pública y espacios verdes. Nos ha dado por la movilidad sostenible, la economía circular y las barrabasadas en la jardinería pública travestidas de modernidad. Y por la transigencia con el botellón. ¿Por qué? Porque perdemos capacidad de criterio a mansalva a favor del postureo de la modernez, enemiga del progreso real (éste a veces solo consiste en conservar lo que algo tan sabio y magnífico como la naturaleza ofrece). Seamos conservacionistas y limpios. Igual así inspiramos a esa juventud de tantas nacionalidades distintas para que tenga algo común en lo que creer: lo que es de todos, la ciudad. Y que el ecologismo empiece en la puerta de casa. (De las barbacoas en Sorogain hablaremos otro momento).

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