Ser de un equipo perdedor
Actualizado el 08/05/2021 a las 13:00
Si la Historia la escriben los vencedores, los aficionados de un equipo perdedor son, por tanto, poseedores de una verdad oculta, acaso un mensaje profundo inherente al propio fútbol. Una vez eliminada la ambición —rasgo poco común en los aficionados de estos equipos—, solamente queda la supervivencia: la conservación de una existencia consciente del abandono divino, una existencia puramente humana. El estilo de juego de estos equipos oscila entre lo defensivo y lo agresivo, dos caras del fútbol como batalla —generalmente en desventaja—, tan difícil de ver como arduo de jugar pero no exento de milagros: jugadores más propios de un fútbol menos terrenal y que ponen al alcance del aficionado del equipo perdedor un fútbol espectáculo al que no están acostumbrados, un lujo para los que viven un fútbol que empieza y acaba en sí mismo, un juego sin motivo pero no por ello menos ilusionante. Es en el sentimiento de adhesión, en el regocijo de existir y en los pequeños milagros donde el aficionado de un equipo perdedor busca el sentido. Vicios, enfermedades y en ocasiones riquezas son la herencia que un hijo o hija recibe de sus progenitores. De todo esto, salvo en el caso de hijos díscolos, ser de un equipo perdedor es uno de las sucesiones más determinantes y dolorosas. El progenitor en cuestión lega, sin el menor miramiento y con el mayor orgullo, una afición que, en caso de prosperar, le permitirá compartir su dolor con sus descendientes: futuras generaciones unidas por un dolor mutuo y unos colores. Al contrario que otras verdades postergadas y en general menos importantes, la verdad oculta tras el juego y la derrota es revelada de forma temprana. ¿Qué padre no desea lo mejor para sus hijos? Tabaquismo y afición a un equipo perdedor, vicios heredados e igualmente perniciosos que requieren de un total sacrificio y aportan una recompensa dudosa para toda la vida: toses y lágrimas, derrota y muerte. Recuerdo el olor de las manos de mi padre y su llanto en la derrota; recuerdo huir de los estadios y apagar la tele, ¿lo hacía por él o intentaba protegerme? Yo ahora soy más constante en el martirio e imagino que mi padre está orgulloso. Celebrar cada gol como una luz entre el humo.