El hombre se resiste a no ser hombre (I)

Ángel Sáez García|

Publicado el 13/04/2021 a las 11:24

EL HOMBRE SE RESISTE A NO SER HOMBRE (BIEN SEA POR LO BUENO O POR LO MALO) Auguran muchos de los sabios (con y sin resabios, que de todo hay en la viña del señor; a los que hoy llamamos algunos “todólogos”, o sea, expertos en toda materia habida o por haber, peritos en todos los campos del saber, que abundan por doquier) que en el ancho mundo son que, a pesar de lo que diga y quepa leer en el bíblico libro del Eclesiastés, que airea que “no hay nada nuevo bajo el sol”, nada volverá a ser como fue. Quienes antaño estudiamos filosofía y leímos los pensamientos que la tradición le adjudica a Heráclito, “el Oscuro”, sabemos que todo cambia, que todo fluye (“panta rei”), que uno no puede bañarse dos veces en el mismo río, pero me río, a mandíbula batiente, de quienes pretenden rebautizar dicha corriente de agua para demostrar que en su aserto no cabe hallar una mínima rendija o grieta por la que pueda colarse de rondón la duda más flaca. Está claro que podemos conciliar a Parménides (el ser permanece) con Heráclito (el ser muda) y acaso es lo que debamos hacer, establecer puentes entre ambos, porque los dos dan de lleno en el blanco o centro de la diana con sus certeras flechas (según otras perspectivas o puntos de vista, ambos también marran). La naturaleza es sabia. Y si el hombre sigue naciendo con dos ojos, dos oídos y una sola mui es, seguramente, por esta simple razón de peso, que muchos han dado en llamar “la navaja de Ockham”, para que escrutemos, leamos, veamos y escuchemos el doble de lo que hablamos. Qué inobjetable argumento tenía y esgrimía Diógenes Laercio cuando aseveró que “callando se aprende a escuchar, escuchando se aprende a hablar y hablando se aprende a callar”, pues de la boca cerrada de un sujeto, aunque pudieron ser por él pensadas, nunca salieron idioteces, memeces. El hombre es, al alimón, aunque eso sea contradictorio, el ser que quiere ser otro, mejor del que es, y hasta optimizarse, y el ser que insiste en seguir siendo quien es y, por ende, mira por dónde, a dejar de ser hombre se resiste. El hombre que deja de ser hombre se santifica y gana el cielo o, por el contrario, se corrompe y, al final, se pierde, porque se sataniza y obtiene el erebo; pero el hombre que no se ilusiona con ser otro, para, por ejemplo, poder estar con su amada musa tinerfeña, Iris, que no sueña con compartir con ella la misma cama y no goza imaginando que la observa cómo duerme y respira plácidamente, a diez centímetro de su cara, es un ser muerto. (Continúa.)

Etiquetas:

    Continuar

    Gracias por elegir Diario de Navarra

    Parece que en el navegador.

    Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

    Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

    Suscríbete ahora