Chicas, chicos y libertad

Carmen Baleztena Mateo|

Actualizado el 17/03/2021 a las 08:18

En estos últimos días, la educación diferenciada está en boca de todos por la nueva ley de educación, la LOMLOE (o Ley Celaá). Llueven críticas, comentarios y opiniones que me sorprende oír. Yo he estudiado en un colegio “de chicas” y puedo asegurar que no tengo ningún trauma ni ninguna deficiencia académica o social a causa de mi educación. Me extraña que en el siglo XXI todavía haya quien considere que los colegios que proporcionan una educación diferenciada son retrógrados o discriminatorios. Considero que es al contrario: en los centros educativos en los que existe separación por sexos, hay una educación especializada de acuerdo con las características propias de cada sexo y existe una menor tendencia a caer en los llamados “estereotipos sexistas”. Estos centros crean un ambiente cómodo, en el que nada hay que demostrar ante el otro sexo, que permite un mejor desarrollo a nivel personal y académico. Científicamente conocemos que el cerebro de hombres y mujeres funciona de forma diferente. Además, los chicos tardan más en madurar que las chicas, lo cual implica que tienen un ritmo distinto, y esto es una ventaja para los alumnos de la diferenciada, que reciben una educación de acuerdo con sus particularidades atendiendo a la diversidad. Y ahora que la sociedad está concienciada acerca de la importancia de la igualdad de hombres y mujeres en el mundo del trabajo, creo que este tipo de educación facilita y fomenta la inserción de la mujer en la universidad y en el mercado laboral. Mis profesoras de bachiller eran mujeres instruidas: físicas, químicas, filósofas, filólogas, biólogas, matemáticas, economistas, historiadoras… Mujeres líderes, referentes para sus alumnas, que veíamos que podíamos aspirar a cualquier carrera sin que importara nuestro sexo ni los estereotipos que a él van asociados. Resulta, pues, más fácil identificarse con alguien del mismo sexo, que ha vivido experiencias parecidas y que puede orientarte personalmente. Otro de los argumentos que se oye es que vivimos juntos en sociedad y que la diferenciación por sexos causa problemas de interacción con el sexo opuesto. Les aseguro que en ningún momento he tenido problemas para hacer amigos, independientemente de su sexo. Precisamente porque vivimos en sociedad juntos, no nos resulta extraño interactuar, ya que (en mi caso, los chicos) forman parte de la realidad cotidiana. En definitiva, reconocer nuestras diferencias no nos hace una sociedad retrógrada, sino que nos ayuda a seguir adelante dentro de la diversidad y las peculiaridades de cada uno. Gracias papá y mamá por elegir la educación que creíais mejor para mí. Espero que muchos más progenitores tengan libertad para elegir el mismo tipo de educación que a mí tanto me ha aportado.

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