Eternos abuelos
Publicado el 10/02/2021 a las 07:37
“¿Sabes que hoy voy a comer con mis abuelos?”. No se hacen a la idea de las veces que me repiten esto mis alumnos. Una y otra vez, sin parar, como si no me lo hubieran dicho la semana pasada en el mismo día. Es increíble. Pero les entiendo. Todos los que hemos tenido- y seguimos teniendo- la suerte de tener abuelos sabemos de esa conexión especial que existe entre abuelos- nietos y no hay cosa que nos haga más ilusión. Mis alumnos hacen referencia a que van a comer con ellos- en su casa- y que por supuesto estos se lo van a consentir todo y les van a hacer la comida que más les gusta. Y posiblemente sea así. Todos hemos vivido esa experiencia de comer un día en casa de los abuelos.
En nuestro caso- hablo también en nombre de mi hermano-, desde muy pequeños, nos acostumbramos a ir a comer todos los miércoles a casa de mi abuela paterna. Hubo años en los que, por circunstancias de la vida, esta se tuvo que trasladar al martes o al jueves, pero fueron años puntuales y éramos fieles a nuestra cita. Y así como pasaba esto, yo también tenía la costumbre de cenar en casa de mis abuelos, los padres de mi ama. Ya fuera lunes, jueves o domingo. Me daba igual. Solía pasar a eso de las 20 h para ver Pasapalabra y para cenar minutos después de ver el rosco. A mis niños siempre les suelo preguntar qué plato de sus abuelos es el que les gusta más y normalmente suelen triunfar los macarrones. En mi caso, más de una vez he hecho un top 10 de los mejores platos de mis abuelos, pero si tuviera que quedarme con unos pocos de la madre de mi padre destacaría las patatas con arroz, las albóndigas de bacalao y el pastel Fabiola que decimos nosotros (una especie de brazo de gitano). Y de la casa de mis abuelos maternos, escogería el calderete o la paella de mi abuelo o los roscos y el arroz con leche que tanto echo de menos de mi abuela. Pero como digo, la comida es tan solo una excusa para hablar de ellos. Para sentarte a compartir historias que solo les cuentas a ellos, para que te cuenten cosas que nunca aprendiste en el colegio. Para que a medida que vas creciendo, las charlas cada vez sean más serias y más personales. De esas que te ayudan a crecer como persona. Poco a poco te das cuenta de los pequeños detalles en cada partida de mus o de chin chon. Te fijas en que de pequeño ellos te dejaban ganar y ahora casi pasa lo contrario. Y de los juegos de cartas me acuerdo de dos cosas. De cada vez que mi abuelo me enseñaba sus cartas cuando jugábamos al mus para que yo ganara y, de lo que decía mi abuela cuando jugábamos al chin chon: “Bufff… No tengo ligada ninguna”, señal de que iba a cerrar para que tu tirases los dos reyes que tenías desde el principio cuanto antes.
josé Julio Aranaz ascunce