Prostitución y pandemia
Publicado el 01/02/2021 a las 08:07
“De modo semejante, la organización de las sociedades en todo el mundo todavía está lejos de reflejar con claridad que las mujeres tienen exactamente la misma dignidad e idénticos derechos que los varones. Se afirma algo con las palabras, pero las decisiones y la realidad gritan otro mensaje. Es un hecho que ‘doblemente pobres’ son las mujeres que sufren situaciones de exclusión, maltrato y violencia, porque frecuentemente se encuentran con menores posibilidades de defender sus derechos”. Fratelli Tutti (23). Con estas acertadísimas palabras denuncia el Papa Francisco la terrible situación que atraviesan muchísimas mujeres en pleno siglo XXI, una de ellas, es la lacra de la prostitución, donde se comercia con personas despojadas de toda dignidad, algunas, como si fuesen animales, con el código de barras y el precio de su uso y abuso tatuadas bajo su piel. Conocemos que el treinta y nueve por ciento de los varones españoles han pagado alguna vez por sexo y también que cada vez la clientela es más joven, todo ello suma para que España (el nuevo burdel de Europa la llaman) sea el país de nuestra flamante Comunidad con mayor demanda de sexo pagado y el tercero a nivel mundial tras Puerto Rico y Tailandia, ello conlleva el glorioso título de ser uno de los principales destinos del tráfico de mujeres del mundo. El noventa por ciento de nuestras prostitutas “doblemente pobres” son víctimas de esta trata de seres humanos, la mayoría traídas de otros países, engañadas y maltratadas por sus proxenetas. Pero el tema es que estas cincuenta mil mujeres y niñas atrapadas por la prostitución en nuestro país (¡tan progresista él!) mueven alrededor de veinte mil millones de euros al año. Y alguien está claro, se lucra. Y mucho. Y no creo que sean las mujeres precisamente. La prostitución en España no está regulada, lo que significa que no es legal ni ilegal, no está prohibida en el Código Penal aunque sí la explotación o proxenetismo, mientras que Suecia es el referente legislativo del movimiento abolicionista de la prostitución internacional, que considera la compraventa de servicios sexuales como una forma de violencia de género, persiguiendo a los clientes mediante multas e incluso penas de cárcel al considerarlos como intrínsecamente abusadores o, incluso, violadores.
Y, ¿qué pasa en época de pandemia? Pues ahora mismo con el toque de queda la cosa está más difícil, pero el macho ibérico sabe buscarle la vuelta. De hecho en Madrid, junto a la Colonia Marconi, desde las diez de la mañana se ven llegar camionetas, furgonetas o simples turismos, donde a plena luz del día contratan a trabajadoras sexuales que les hacen el trabajito. Pero el viejo problema de la prostitución no sería tal en este momento si no fuese porque hoy, clientes y prostitutas, realizan la “función” a pelo. Ni mascarillas ni gaitas. ¿Para qué? Y una se pregunta, ¿cómo es posible? O sea que se sancionan las fiestas, los botellones, se cierra la hostelería y sucedáneos, se limitan los encuentros hasta lo ilimitable y esta fuente de contagio entre usuarios del oficio más viejo del mundo, parece que fuese el único libre del “bicho”. Increible, pero cierto. Mientras tanto, ¿qué hacen los responsables del asunto aparte de dedicarse a la descalificación del vecino? Y ya puestos, ¿qué tal si miramos hacia Suecia?