La democracia en estudio

María Odériz Sánchez|

Publicado el 18/01/2021 a las 08:09

Este pasado trimestre he sido alumna en la Universidad de Chicago de una asignatura impartida simultáneamente en más de 40 universidades estadounidenses. ¿El tema de tan mayúsculo esfuerzo de colaboración? La erosión democrática.

El estudio del retroceso democrático no tenía un lugar central en las universidades americanas hasta la victoria de Donald Trump. Tras ella, muchos expertos estadounidenses buscaron comprender cómo una figura externa a la política y con un lenguaje tan controvertido había podido ser elegido presidente.

La erosión democrática puede resumirse como el deterioro de una democracia de manera gradual de tal manera que es casi imperceptible. Al ser los gestos pequeños pero constantes las alarmas no saltan hasta que es demasiado tarde. Hacía falta, como indicaban los politólogos Levitsky y Ziblatt, codificar este fenómeno. Tras estudiar el amplio material político mundial y basándose en el trabajo de Linz redactaron cuatro indicadores para comprobar si un líder tiende hacia el autoritarismo. Son los siguientes: rechazar las reglas democráticas, negar la legitimidad de los oponentes políticos, tolerar o animar a la violencia y estar dispuesto a disminuir libertades civiles de los oponentes y medios.

Trump, según la comunidad académica, había cumplido todos estos criterios durante su presidencia y, sin embargo, parecía que nada tenía consecuencias. Hasta que llegó el miércoles 6 de enero de 2021. Este día Trump no solo toleró, sino que justificó y animó actitudes violentas en ataque a un símbolo tangible de la democracia americana: “El Capitolio”. Un claro ejemplo de negarse a, como dirían Levitsky y Ziblatt, “condenar y castigar de manera inequívoca actos violentos de sus seguidores”. Y, sorprendentemente, tras cuatro años de mandato, se produjeron reacciones generalizadas. Altos cargos cercanos a Trump dimitieron, se le criticó tanto desde el bando republicano como desde el demócrata y comenzaron -aunque en este caso solo desde sus oponentes- serias negociaciones sobre un nuevo proceso de destitución. Sin embargo, pese a la reacción política y social, el castigo inmediato y eficaz tuvo su origen en las empresas privadas. Facebook e Instagram suspendieron las cuentas de Trump el jueves. Twitter comenzó eliminado tweets que “incitaban a la violencia” o “contenían información falsa sobre el fraude electoral” pero finalmente suspendió también la cuenta de Trump el viernes pasado. Puede que la línea entre democracia y tendencias autócratas con la que ha estado jugando Trump durante su presidencia se haya visto definitivamente sobrepasada en el “asalto al Capitolio”. Pero paradójicamente es la respuesta de la empresa privada la que ha jugado un papel definitivo para abordar la crisis. Ellos han quitado la voz a Trump. Debemos tener en cuenta que la erosión democrática no es un fenómeno estadounidense, amenaza a todas las democracias. Por tanto, los políticos y pueblos de estas deberían ser conscientes de su existencia y de qué signos la delatan. De esta manera podrá ponérsele freno desde un inicio y se evitará llegar a extremos tales como la actual situación americana.

María Odériz Sánchez, alumna de Global Studies, por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona

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