Opinión
"Toda una generación va a vivir peor que sus padres, un legado emponzoñado por unos pactos que nadie hubiera soñado tan solo hace unos años"

Publicado el 28/06/2026 a las 05:00
La política, en su acepción más noble, es la profesión que trata de lograr el bienestar general de la población y, en su significado más negativo, la que se emplea a fondo para satisfacer los propios intereses o los del partido al que sirve. Como esto último está presente en nuestro país de modo escandaloso, el prestigio del que goza la política y los que se dedican a ella -muchos no sabrían ganarse la vida de otro modo- es, en tono de expresión generoso, más bien escaso.
En la frontera de la política está la economía en sus múltiples facetas que, a su vez, tiene su correspondencia con la buena o mala gestión pública. Por eso, en las facultades de Economía se estudia una asignatura que se llama “Política Económica”. Países prósperos o con evidentes posibilidades de llegar a serlo han caído en el abismo de una inoperancia calamitosa cuando no en la miseria, a causa de unos políticos que no han sabido dar con los resortes de unas medidas que son bien conocidas, aunque sean dolorosas en sus inicios. Uno de esos países, llamados a ser un foco de luz para otros muchos, fue la Argentina del general Perón, hoy en el olvido, pero sus políticas no solo consiguieron arruinar a ese atractivo país, sino que sus sucesores han logrado borrar cualquier destello de resurgimiento hasta el día de hoy. Hay otros ejemplos, fuera de los países comunistas, cuyo inusitado logro ha sido repartir malamente la miseria, salvo para unos pocos que se han salvado a sí mismos a costa de los demás. Y todavía hay ciegos que no quieren ver…
El profesor Emilio Huerta ha sabido plasmar con gran lucidez (Diario de Navarra, 5.VI.26) el derrotero que lleva la economía navarra, con matices significativos respecto a los presentados por el consejero de Economía y Hacienda del Gobierno de Navarra. Son esos matices, bien interpretados, los que llevan a tomar medidas que conducen al éxito y, por el contrario, empujan al fracaso cuando no se afinan adecuadamente. Y la economía navarra no va bien: los principales indicadores de su ya lejano bienestar transitan hacia una mediocridad que la sociedad navarra no se merece. Determinados factores estructurales como la reducción de la inversión empresarial productiva limitan la capacidad de crecimiento. Su economía crece menos que la media española y algunos sectores, como el de la sanidad, producen verdadero sonrojo: en los últimos diez años, los seguros privados de sanidad en Navarra se han incrementado más del 100%.
Existe, en la práctica, una equivalencia inquietante en la propia concepción de la política y el modo de alcanzar sus objetivos entre la Moncloa y el Palacio Foral navarro, entre la marcha preocupante de la economía nacional y navarra. Gobernadas ambas por el mismo partido que ha abjurado de sus principios y también ambas condicionadas por el mismo partido que impone las condiciones que le benefician, aunque vaya en perjuicio de la población general. Se han intercambiado las cartas en un juego que tiene un impacto netamente negativo para el conjunto.
Durante años Navarra fue el favorable territorio fiscal que le permitía su condición foral, convertida ahora en un infierno del que huye todo el que puede, el mismo infierno de los que son gobernados en materia fiscal por la Moncloa sin que exista una correspondencia -en ambos casos- con los servicios públicos que se ofrecen a sus ciudadanos. Un informe reciente de FUNCAS advertía que se ha perdido la correlación entre el PIB (Producto Interior Bruto) y la renta per cápita porque ahora se reparte la misma riqueza entre una población que ha aumentado debido a la inmigración. Ambos gobiernos -la Moncloa y Navarra- se niegan en atender las insistentes reclamaciones que se vienen realizando por distintos sectores de la sociedad civil, para actualizar el Impuesto de la Personas Físicas con la inflación, porque la no deflactación erosiona seriamente el poder adquisitivo y es un atentado contra el principio de capacidad económica de la población. Tanto Bruselas como el Fondo Monetario Internacional y la OCDE cuestionan el excesivo peso de la fiscalidad sobre los salarios. Es una actitud manifiestamente antisocial.
Nos están acostumbrando a alimentarnos de una narrativa bien elaborada en los amplios conciliábulos de asesores que se arriman al gobierno, pero las evidencias reales ofrecen un panorama muy distinto. Toda una generación va a vivir peor que sus padres, un legado emponzoñado por unos pactos que nadie hubiera soñado tan solo hace unos años. La Comunidad Foral, que se ha enorgullecido de un status propio e independiente, con capacidad fiscal propia, con un empuje y vitalidad que muchas otras Comunidades sueñan para ellas, se ve arrastrada desde la Moncloa a decisiones de las que sus propios votantes, estupefactos, se llevan las manos a la cabeza.
Francisco Errasti. Economista.