Deseo seguir siendo un renacuajo (2)

Ángel Sáez García|

Actualizado el 23/12/2020 a las 14:01

Quien vio el mar por primera vez en su vida sintió una emoción inefable, inenarrable, inexplicable. Desde entonces, el mar es un imán, ejerce una atracción que solo queda satisfecha plenamente cuando la/o escuchas; no es necesario verla/o; basta con escuchar cómo rompen sus olas contra las rocas; sobra con auscultar sus susurros y vaivenes. Mutatis mutandis, tres cuartos de lo mismo me ocurrió y acaece con Iris. Deseo, de todo corazón, con todo mi ser, que lo que sentí y siento, cuando lo recuerdo con fidelidad, lo sienta también en el futuro, porque eso será índice de que sigo enamorado de Iris y aún puedo escribir más prosas y más versos sobre mi amada musa tinerfeña, razón bastante, sí, para anhelar seguir estado vivito y coleando, cual renacuajo con cuajo. En un principio, aquí (en realidad, en el punto final del parágrafo anterior) había previsto y proyectado que terminara mi discurso o disertación sobre lo que había logrado pensar en torno a la luna (“Selene con sus tareas, pues la mujer sus periodos, porque la mar sus mareas”) y el sol, el/la mar e Iris, pero he vuelto a rememorar cómo los caballos marinos piafaban sin pifiarla, esto es, alzaban primero una mano y luego otra, dejándolas caer con fuerza contra los muslos de Iris, rodeándolos de nubes o espuma, y no he podido negarme a dejar constancia de dicho y gozoso recuerdo.

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