Nostalgia

Leoncio Bento Bravo, Doctor en Medicina y Cirugía|

Publicado el 24/08/2020 a las 08:19

Vivimos este periodo pospandemia con el corazón en un puño ante las alarmantes noticias que van apareciendo sobre los diferentes rebrotes que salpican la mayoría de las comunidades de todo el país. Parecía que después de tan largo confinamiento y una vez aplanada la famosa curva, con aciertos, desaciertos y no pocas incongruencias e incertidumbres en el manejo de la crisis por parte de nuestros dirigentes políticos y sanitarios, el problema iba camino del final o, como mínimo, se comenzaba a ver luz en el tenebroso túnel en el que estábamos atrapados, que no era poco. El gobierno, después de tantas reuniones, ruedas de prensa, fases, medias fases y amenazas crecientes de una catástrofe económica, decidía cruzar el Rubicón, consciente de los riesgos que esto suponía, pero a sabiendas que podía apoyarse en una sociedad que había dado muestras de una gran madurez en el cumplimiento de las normas establecidas, en una sanidad preparada y responsable y en un espíritu solidario admirable de toda la población. Sin embargo, aunque ya la suerte está echada, siguiendo la terminología bélica tan platicada durante todo el estado de alarma, los problemas continúan; múltiples incógnitas siguen sin despejarse y, lo que es peor, la sociedad comienza a dar muestras de cansancio y desesperanza. Una parte de la juventud se salta las reglas sin pararse a pensar el peligro que supone ser vectores de posibles contagios y las premuras para intentar mitigar el daño económico futuro, se hacen cada día más patentes. Todo esto conlleva a que surjan muchas indecisiones a la hora de tomar medidas para controlar la situación, temiendo que cualquier remedio o vuelta atrás, pueda ser peor que la enfermedad. El panorama da la sensación de estar algo oscuro y descontrolado, haciendo pensar que sólo la deseada y pronta aparición de una vacuna o un medicamento eficaz, junto al inexorable paso del tiempo, serán los elementos que nos aliviarán las múltiples preocupaciones y nos conducirán a una vida de plena tranquilidad.

Es evidente que después de unos episodios tan convulsos como los vividos, al igual que ha ocurrido en otros momentos similares a lo largo de la historia, nuestros modos y maneras de vivir, por lo menos a corto y medio plazo, se verán inevitablemente influenciados. Los tres periodos existenciales que forman parte del ciclo vital, pasado, presente y futuro que se apoyan mutuamente y son inseparables, seguirán su cotidiano discurrir, pero nada podrá ser igual a como acostumbrábamos vivir hasta ahora. El pasado será, durante mucho tiempo, protagonista importante en nuestras vidas por las secuelas económicas, afectivas, laborales y espirituales que lastrarán el presente y la planificación del futuro. Por tanto, debemos intentar manejarlo con mucha habilidad y con la férrea voluntad de que haga el menor daño posible en todo este largo periodo de poscrisis que se avecina. La nostalgia es un sentimiento permanentemente unido al pasado de nuestro mundo emocional, expresándose de forma diferente según la personalidad individual. Es obvio que nada se puede hacer para cambiar los hechos acaecidos, pero apartarlos definitivamente de nuestro pensamiento, es siempre una difícil tarea. La nostalgia es muy polivalente y también muy interpretable. No es objetivo de este artículo entrar a valorar sus diferentes matices, pero sí hacer algunas concreciones sobre lo que sería conveniente recordar de la experiencia vivida. Lo primero a destacar es el dolor y el sufrimiento físico, junto también al sufrimiento psíquico de no haber podido acompañar a los familiares y amigos, no solo durante la enfermedad, sino también por la imposibilidad de despedirles en su adiós definitivo. Esto nos dejará una huella imborrable, pero debemos poner todo nuestro empeño en que esta secuela quede anclada el menor tiempo posible en la memoria. Esto sería muy dañino y es una necesidad concentrarnos, lo máximo posible, en pasarlo paulatinamente al olvido. Todo lo que sea nostalgia negativa acabará robándonos fuerzas para el presente y el futuro inmediato. Si se colectiviza la nostalgia, si la compartimos en el seno de la familia y los amigos, con seguridad, los efectos de la misma serán menos perniciosos. No siempre la nostalgia debe estar unida a la tristeza, puesto que también puede ir acompañada de connotaciones de alegría: por no haber contraído la enfermedad, por haberla superado, por comprobar el buen hacer y la bondad, si es que no lo sabíamos ya, de los profesionales que nos han atendido, por haber disfrutado de un sano ambiente familiar, por fortalecer el edificio del amor, por los actos de solidaridad y generosidad que hayamos podido llevar a cabo, por unas palabras de apoyo moral para un amigo o vecino y por aprender a rectificar errores. Una reflexión sobre el ejercicio del perdón, es necesario hacer. En un confinamiento tan extremo, con seguridad que han tenido que suceder múltiples momentos en las relaciones personales, familiares y laborales, situaciones de nerviosismo, donde el ejercicio de la humildad y el perdón, es una buena receta para ayudarnos a salir airosos de este posconflicto. También corresponde a nuestros dirigentes el gesto humilde de reconocer sus equivocaciones y de reiterarse en el perdón pues, aparte de reconfortar a la ciudadanía, de todo lo sucedido siempre hay mucho que aprender.

En definitiva, con un presente tan conflictivo como el que nos espera y un futuro tan incierto, es de temer que la nostalgia aparecerá con fuerza. Está en nuestras manos el no dejar que nos obsesione y el domar cualquier impulso que nos mantenga unidos de forma enfermiza a todos los sentimientos negativos de la misma. Después de sacar todas las enseñanzas posibles de la epidemia, de interiorizar toda nuestra gratitud y agradecimiento a los que han arriesgado tanto, una buena manera de ir olvidando este pasado inmediato es, siempre con mucha cautela, ir pasando página . Cuánto me gustaría que pronto fuera una realidad la frase con la que nuestros padres y abuelos terminaban sus repetidos cuentos infantiles que tanto nos emocionaban antes de ir a dormir, “colorín colorado, este cuento se ha acabado”.

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