Ética y estética
Publicado el 06/07/2020 a las 08:26
Soy un cuasi foráneo retornado a la tierra patria solo hace tres años, habiendo pasado más de media vida en países exóticos. Causa satisfacción constatar el nivel de bienestar reinante, en general, en el suelo de nuestras raíces. Obviamente no todo es jauja ni hemos escalado el edén feliz. Pero a pesar de las lacras y sinsabores inexorables a toda sociedad, gozamos de un abanico de servicios sociales, sanitarios, de seguridad y otros encomiables. Tenemos un ejemplo con ocasión de la cacareada pandemia que tan cruelmente nos ha azotado y de la que arrastramos múltiples secuelas. Muchísimas personas se han encontrado desvalidas en una inhumana situación económica y laboral. Paulatinamente un grupo va percibiendo respuesta proporcionada a sus necesidades. Los servicios sociales, a través de organismos del Estado, Comunidad foral, Ayuntamientos o Caritas, en forma de Ingreso Mínimo Vital, de Renta Básica o acciones puntuales intentan paliar carencias elementales con subsidios adecuados. Bienvenidos sean, primando las personas en primerísimo lugar.
No obstante me permito una particular observación, ¿en esa modalidad no subyace un cierto paternalismo humillante y pordiosero de cara a un Estado prepotente escandalosamente endeudado? Se ha dicho que a un hambriento más vale regalarle una caña de pescar que un magnífico pescado. En ese contexto presento una sugestión. Nuestras ciudades están pobladas de variados parques con numeroso arbolado que nos brinda oxígeno y solaz. Calles, avenidas y paseos completan el panorama con árboles plantados en aceras al borde de los carriles, en las medianas, o en paseos enlosados, que nos brindan sombra y protección. ¿Cómo los cuidamos? Muchos árboles en su base poseen un cuadro de tierra, en el cemento o entre baldosas, que les facilite riego y crecimiento. ¿Qué vemos? Frecuentemente ese espacio está invadido por una jungla de yerbajos enmarañados que cobijan basuras indescriptibles. Se diría que a ningún servicio de limpieza del Ayuntamiento le incumbe ese cometido. Y me pregunto: ¿sería tan oneroso contratar algunas de las personas en paro cobrando subsidios públicos por hacer nada? ¿Por qué no ofrecerles esa oportunidad que los dignifique a ellos y engalane nuestras poblaciones? Primero, arrancando las malezas y retirándolas con la porquería adyacente. Segundo, regando en verano algunas jóvenes plantas lacias o en coma (ver grandes macetas de algunas plazas que no cito). Y tercero, plantando o sembrando algunas hierbas nobles o flores que convengan, si posible con pequeñas espinas, allí donde sea posible, para que nuestros amigos caninos respeten el bien común. Como resultado obtendríamos la creación de varias decenas de puestos de trabajo y nuestras poblaciones ganarían en estética y pulcritud. No hablamos del mantenimiento de algunos parques… Desafío a barrios o pueblos que sean capaces de llevar a cabo iniciativas semejantes. Sentiríamos un gran placer contemplar un día esos pequeños sueños hechos realidad.
Jesús Jimeno Urzainqui