Laicos
Publicado el 24/02/2020 a las 07:54
Últimamente, en una iglesia muy céntrica de Pamplona estamos asistiendo a ciertos actos denominados “Celebraciones de la Palabra”, que vienen a ser una especie de eucaristías sin consagración. Lo que llama la atención de estas celebraciones es que quienes las llevan a cabo, son hombres y mujeres. O sea, laicos.
Felicitar desde aquí a sus promotores, previsores y adelantados a su tiempo, en una institución que en plena crisis de operarios se queda de brazos cruzados viendo y padeciendo no sólo cómo la media de edad de su personal asciende alarmantemente, sino que, además, la carencia de nuevas vocaciones plantea, a corto plazo, un futuro bastante incierto. Todo ello da pie a que actualmente en muchos de nuestros pueblos, las iglesias están quedando ya sin culto. Bien es verdad que lo que desciende vertiginosamente no es sólo el clero, sino que casi al unísono también la asistencia de fieles a las misas dominicales decrece en una proporción que hace previsible que, a la vuelta de la esquina, en nuestros templos van a quedar cuatro y el de la guitarra. Así que, si Dios no lo remedia, seremos todos - celebrantes y celebrados - ancianos respetables. Y unos y otros, iremos dejando vacíos tanto los altares como los bancos. Y después ¿qué?
Pero volviendo a los laicos, también nuestros parabienes para con ellos, quizás porque entendieron que es la hora de recoger ese testigo tambaleante del mensaje de Jesús, antes de que éste se pierda en la noche de los tiempos, porque ha faltado previsión y sobre todo ganas de compartir. Ganas de soltar el poder, que significa tener la sartén por el mango en las cosas de la iglesia. Porque tradicionalmente, decir Iglesia era decir clero. Y, consciente o inconscientemente, ese clero se hizo con la propiedad de Jesús, el Cristo, sin tener en cuenta que Él fue un laico en su tiempo y que los doce que Él eligió eran todos laicos. No contentos con ello, la consideración del laico como alguien secundario siempre ha estado presente, a pesar de que la palabra “laico”, venga de laos, que significa “elegido”.
Lo queramos ver o no, estamos en tiempos de crisis. Y suele decirse que a grandes males, grandes remedios. Supongo que habría que hacer autocrítica de lo realizado hasta ahora: ¿hasta dónde hemos sabido ser transmisores de la fe? De esa fe que parece escaparse entre las manos de nuestra juventud. ¿Cuál es nuestra cuota de responsabilidad en ese abandono masivo de los templos? Que ahí está para quien quiera verlo, etc. Por otro lado, reconocer que tampoco desde Roma se recibe gran ayuda en este tema. Quizás es que esperábamos grandes cambios con Francisco y éstos no se han producido. ¡Una pena! Lo último, la vuelta atrás en la ordenación de hombres casados allá por la Amazonía. ¿Qué subyace realmente en esta decisión? ¿Es tan importante el celibato de los ordenados frente a la ausencia de personal por esas tierras? Máxime cuando Pedro, la primera piedra de la iglesia, tenía suegra, lo que implica que era un hombre casado. Y no parece que a Jesús le importase mucho este detalle.
En su libro ‘La hora del laicado cristiano’, mi amigo el franciscano dice que “El laico cristiano está en el mundo con los ojos y el corazón bien abiertos para percibir los signos no eclesiales del Reino. Y lo hace, insistamos en ello, siendo Iglesia, porque ésta igualmente es para el Reino, que es más que ella misma”. ¡Pues eso!