Como se dice ahora, es buena gente
Actualizado el 01/11/2019 a las 11:22
Dilecta Pilar: Me parece una buena decisión, siempre que aparcar no signifique arrumbar o, aún peor, olvidar. Difícilmente para un problema profundo encontraremos una solución superficial. Yo también me alegro por Pío (hay que alegrarse con las alegrías de los amigos y apenarse con sus penas) y por Diana. Como se dice ahora, es buena gente. Y, por lo poco que conozco a Diana, esta también. Eso no significa que no salgamos, a partir de ahora, los tres los sábados a zuritear (como no tengo complejo de carabina, no ejerceré de tal). A mí no me molesta que se besen mientras están conmigo (me consta que, como no me desean dar envidia no me la dan). Supongo que lo propio acaecería a la inversa. Soy un ser solitario. Siempre lo fui (sobre todo, desde que dejé los Camilos, entre los que hice muy buenos amigos y migas), aunque conviviera con otros. El silencio y la soledad fueron, son y seguirán siendo para mí estupendos compañeros de viaje, siempre que tuviera un libro (mejor, si este era clásico) entre las manos o empuñara una péñola con mi diestra con la evidente pretensión de cubrir con su tinta un folio. Para quien quiere conocer y conocerse, estudiar y estudiarse, los amigos de papel pueden ser tan buenos o incluso mejores que los de carne. Te confirmo (sin ser obispo ni un vicario del tal) que no me ha llegado la revista Humanizar. Ahora recuerdo que me comentaste algo al respecto (me preguntaste a propósito de mi dirección y te dije que aparecía en mi firma electrónica). Cuando ocurra el hecho, te lo referiré sin falta. Mañana, por la tarde, subo al HRS. Tengo consulta con el cardiólogo (me adelantaron la cita, tras los problemas que padecí, palpitaciones, taquicardias y arritmias, el mes pasado, durante la mañana del domingo electoral, 28-A). Desde entonces, no ha ocurrido otro episodio del mismo jaez o nada extraño (o que haya sido consciente o me haya dado cuenta de ello, claro). Abundo contigo en dicho parecer. La soledad, cuando es querida, es un cielo o una bendición; cuando es impuesta, un erebo o una maldición. Como tuve una amiga (a la que jamás le di un beso de tornillo o morreo) que se llamaba Soledad, seguro que escribí otrora algo parecido a esto: ¡Qué edad aquella, la de mi juventud, en la que, aunque estuviera diluviando o lloviera a cántaros, brillaba el sol cada vez que dialogaba y paseaba a solas con Soledad! Cierto, certísimo. La amistad multiplica los bienes y divide (“reparte” —dejó escrito Baltasar Gracián en letras de molde—) los males. Te agradezco sobremanera tus buenos deseos. Que así sea. Otro (de tu amigo Otramotro).