El tiempo y la eternidad en Leyre
Publicado el 16/09/2019 a las 08:13
Aprovechando unos días de vacaciones, el jueves 8 de agosto, hacia las 12, uno de mis hijos y yo entramos como huéspedes en el monasterio benedictino de San Salvador de Leyre. Nos recibe amablemente Fray Javier Laguna, el hospedero segundo, que nos conduce a nuestras celdas, elegantes en su austeridad. En mi habitación después entrará el sol del atardecer. Al asomarme a la ventana, a la derecha tengo la sierra de Leyre y a la izquierda, el pantano de Yesa. Al fondo de la mesa se alinean nueve volúmenes encuadernados en pasta dura, incluida la Biblia y los libros de las horas y un librito con la Regla de san Benito. También me encuentro un tríptico con la bienvenida, algunas normas de funcionamiento y el horario; ofrece “un tiempo y espacio de sosiego y reflexión” que “ayude a centrarse en el misterio de Dios”, incluso para quienes no se sienten “ligados al dogma católico […] o confesándose agnósticos”. Otro folio, en papel verde, explica la liturgia de las horas. Y un tercero, en papel amarillo, titulado “El sacramento de la ternura de Dios”, ofrece orientaciones para hacer una buena confesión.
Siendo jueves, con mañana de excursión montañera para la comunidad, el horario está ligeramente modificado, lo que nos permite sentirnos del todo integrados al asistir a la Hora Sexta en la sala capitular, junto a los monjes. Intento suavemente acoplarme a la recitación o canto de los salmos. Todos los detalles de posición corporal (sentado, de pie, inclinación de cabeza…) están previstos y se van alternando en una cadencia establecida. Se incluyen textos en latín y en español. A continuación entramos al refectorio, una sala grande rectangular presidida por el abad y con mesas estrechas junto a las paredes largas en las que los comensales miran al centro. Desde el atril, en un altillo situado a la mitad de la pared frente a las ventanas, un monje lee durante la comida y la cena: primero, sin que nadie mueva un cubierto, lee un breve texto del Nuevo Testamento en la comida y un punto de la Regla de san Benito en la cena; después, y en la faena nunca lenta de tomar el alimento, se lee la biografía de un santo o actas de los mártires. Las mesas son servidas y recogidas por dos monjes, que sobre sus hábitos negros han colocado dos amplios delantales blancos. Antes de entrar a cenar el primer día, el Padre abad, Juan Manuel Apesteguía, un pamplonés de mediana edad, de disposición amable y rostro que apunta fina inteligencia, da la bienvenida a los recién llegados. En un clima de silencio, los monjes siempre están disponibles y nunca son invasivos.
El horario habitual implica levantarse a las 5:30, para acudir a la hora de Vigilias a las 6 en la iglesia del monasterio. Tras pasar por Vigilias, Laudes, Tercia, Sexta, Nona y Vísperas, se llega a Completas, a las 21:15, hora que encuentro particularmente conmovedora, pues junto al habitual canto gregoriano de himnos, salmos y antífonas, hay un momento en el que se apagan las luces generales (solo queda iluminada Nuestra Señora de Leyre) y se hace el silencio; nadie dice nada, pero es obvio que se trata del momento para el examen de conciencia. Un monje eleva una oración en la que pide “una noche tranquila y una muerte santa”. Los monjes, desde ancianos hasta veinteañeros, abandonan sus asientos laterales, se colocan frente a la talla neorrománica de la Virgen con el Niño y entonan la Salve Regina en canto gregoriano. La jornada en el monasterio es como una síntesis de la vida, desde el nacer hasta el morir, y todo ello vivido con paz. La puntualidad sin prisa, el toque de campana, el exquisito cuidado de la liturgia, la precisión de todos los actos… parecen reflejar la armonía del universo. Siempre en presente. Me ha recordado lo que escribía C.S. Lewis en 1942: “Porque el presente es el punto en el que el tiempo coincide con la eternidad”.