Quiera o no cabrearnos, lo ha logrado (2)
Publicado el 22/03/2019 a las 12:01
(Sigue.)Entre los lectores (ellas y ellos) de esta chuchería literaria que ya hayan sobrepasado la cincuentena, seguramente, cabrá hallar quien recuerde, si no con toda fidelidad, sí lo precipuo o principal de la distinción que coronó entre los verbos molestar, irritar y cabrear, en uno de sus gags inolvidables, el genial humorista Miguel Gila. En estos precisos momentos, no recuerdo el nombre que escogió para llevar a cabo el experimento que ideó. Huelga decir que es mi deseo y mi esperanza que nunca lo probara, por supuesto. Para Gila, molestar sería lo que, sin duda, haría quien marcara un número de teléfono al azar (el “sketch” triunfó durante los años en los que no había o aún escaseaban los teléfonos móviles) y preguntara a la persona que lo descolgara (siempre que no coincidiera con el nombre que había seleccionado para el tal, pongamos por caso, Armando): “¿Está Armando?”. Pero, si a las once de la noche, el mismo menda marcara idéntico número y culminara la misma pregunta: “¿Está Armando?”. Esto ya sería irritar. Y si, para más inri, insistiera en llamar al mentado número de madrugada y, tras descolgar la persona, le soltara con guasa: “Soy Armando Camorra. ¿No habrá preguntado alguien por mí, verdad?”. Esto sería cabrear. Quim Torra, mutatis mutandis, es el mentado Armando Camorra, que, quiera o no cabrearnos, es lo que ha logrado (al menos, a una buena parte de los españoles), al llamarnos de madrugada a casa para preguntarnos si vamos a apoyarle en su pretensión de subirse el sueldo al haber resuelto, si no todos, la inmensa mayoría de los problemas que padecían y ya no sufren, por su sabio proceder, los catalanes. Ángel Sáez García angelsaez.otramotro@gmail.com