Edipo y nosotros
Publicado el 22/03/2019 a las 08:14
El psicoanálisis dijo que en nuestra evolución personal pasamos por una fase edípica, de enfrentamiento con el padre (Edipo se enfrentó con el suyo y lo mató, aunque sin saberse hijo suyo). Demos por bueno lo de la fase edípica dejando a un lado si el conflicto tiene o no la causa que se le atribuyó (el hijo vería en el padre un rival que le disputa el amor de la madre). Tienen interés algunos de los desenlaces posibles del conflicto edípico. Uno de ellos es “matar al padre”. No físicamente como Edipo, sino mediante una muerte simbólica, mental: el hijo “elimina” mentalmente la figura del padre anulándolo como modelo, rechazándolo e incluso convirtiéndolo en un antimodelo, y convirtiéndose él en rebelde y en hostil ante todo lo que pueda recordarle al padre. Es una mala solución: se rompe el vínculo de la transmisión cultural y en la mente del hijo queda una herida, la brecha que lo separa del padre al que inconscientemente odia y a la vez ama.
La solución buena consiste en aceptar la figura paterna, en identificarse con el padre tomándolo como modelo y asumiendo su identidad como herencia. Quien la adopte tenderá a amar y a defender cuanto le recuerde al padre. Es buena solución porque no deja herida abierta y porque propicia un cambio generacional constructivo. Es perfecta cuando el hijo asume la figura del padre intentando mejorarla, quitándole algo de lo negativo que pudiera tener y añadiéndole algo positivo. Todo esto puede tener que ver con nosotros y con Navarra. Los que “matan al padre”, cuando se van haciendo adultos, van rechazando las ideas, creencias, actitudes e incluso la historia de sus padres y antepasados. En Navarra, se ha dado mucho. Muchos hijos y nietos de familias carlistas, religiosas, de derechas, amantes de una Navarra integrada en España, han resuelto mal su conflicto edípico: han matado al padre y rechazan todo ese legado. Por ejemplo, muchos abertzales han tomado las ideas, los valores, las forma de actuar y la historia de sus antepasados como antimodelo y quieren hacer que Navarra sea una parte de Euskadi y de la anti España; lo contrario de lo que aquellos quisieron que fuera. Algo parecido ocurre con tantos resentidos instalados en el odio anticatólico y en la imposición de una memoria histórica que criminaliza a la inmensa mayoría de nuestros antepasados. Y en los resentidos por sistema, en los antisistema.
Si adoptamos la solución mejor, aceptamos como válido aunque perfectible el modelo paterno, asumimos sus ideas, creencias y actitudes, así como lo mucho de positivo de su historia, e intentamos mejorarlas. Acogemos su herencia y nos sentimos obligados a mantenerla viva y a transmitirla a la generación siguiente. Eso nos lleva por ejemplo a rechazar que nos impongan un instrumento -el euskera- que ellos dejaron de usar porque otro les resultaba más útil (el castellano), y que nos excluyan de las oposiciones por no saber usarlo. A rechazar también el anticristianismo obsesivo y faltón tan frecuente. A estar en contra de la violencia tan bien ocultada del aborto (95.000 muertos/año en España). A negarnos igualmente a que su historia -que en lo positivo hacemos nuestra- sea falseada y difamada mediante la “memoria histórica”; y a que dé paso a una realidad incompatible con ella, como intenta el abertzalismo. Nuestro modelo no puede ser Euskadi porque es ajena a nuestra tradición e incompatible con ella en su antiespañolismo y en su panvasquismo. Pero si desconocemos el pasado y y si permanecemos inactivos, no mantendremos ni transmitiremos nada.
Rafael Berro Úriz