Las comparaciones son odiosas

Arancha Caballero Sagardía|

Publicado el 01/03/2019 a las 00:10

Cuánto daño causan las comparaciones entre las personas. Ya desde la cuna, en no pocas ocasiones, te comparan con tus hermanos. A medida que vas creciendo, las comparaciones se vuelven más sutiles pero no menos dañinas. Lo cierto es que las comparaciones están presentes en nuestra vida desde antes de aterrizar, y muy probablemente, nos acompañarán hasta el ocaso, porque hasta la muerte es objeto de comparación. Comparamos lo mismo por exceso que por defecto. Lo mismo te da un roto que un descosido. No te comparan con tu ex hasta que "agarras" tres kilos. Ahí las comparaciones corren a la velocidad de Dani Mateo besando la "ikurriña". En marketing, las comparaciones se generan antes del inicio del proceso de compra, se incrementan durante el proceso y, se mantienen hasta siglos después de adquirir el producto en cuestión. Sí. Así como lo oyes. Si decides comprar un monopatín de esos tan "trending" has de saber que tu pesadilla no acabará una vez lo tengas plegado en el salón de tu casa. Más bien será como una eterna comparación, para asegurarte del acierto de tu elección primero, y para asegurar tu autoestima después, no sin antes pasar por el mecánico, cambiar las ruedas, el manillar y hasta la batería, si me apuras. Pero las comparaciones pueden ser odiosas. Necesarias para mantener nuestra autoestima en términos aceptables y perniciosas por las graves consecuencias que pueden desdibujar tus expectativas y hasta las de Marie Kondo. Cuando hablamos de comparar, casi siempre hacemos referencia a dirimir entre lo que es "bueno" y "menos bueno" que no malo. Y ahí subyace uno de los sesgos más representativos del ser humano. Mientras sigas pensando que algo es mejor o peor, tienes mayor probabilidad de perder más dinero que Sobera en el sector inmobiliario. Últimamente, no dejo de escuchar las bondades de ser PAS personas altamente sensibles, al tiempo que se desmarcan de quienes padecen autismo o TDAH. Es como si existiera una necesidad latente de diferenciarse de otras etiquetas más estigmatizantes. Como si ser PAS fuera más "positivo" o "funcional"... incluso más "digno" que otros rasgos diferentes. Mira, si necesitas comparar tus emociones con las de otro para mantener tu autoestima mal vamos. Empieza por comprender que existen formas diferentes de sentir y ninguna se presume mejor que otra. Que los niños suelen tener mayor emotividad no excluye a quien no es tan emotivo. Que los PAS no tienen porqué ser mejores que otros con diferentes rasgos. Al final, las comparaciones contribuyen a alimentar y mantener en el tiempo una serie de limitaciones que ni Macgyver es capaz de solventar. Así que antes de comparar la pedrada del de enfrente, pregúntate si merece la pena ponerse a comparar. Que todos nacemos completos y merecemos el mismo lugar.

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