La Iglesia camina

Domingo Urtasun, párroco de Mendavia párroco de Mendavia|

Publicado el 08/02/2019 a las 08:16

No tengo el gusto de conocer a Carmen Olorón, firmante de una carta publicada en este diario el día uno del corriente mes. Ocasionalmente he leído alguna de sus reflexiones. Reconozco su valentía y desparpajo a la hora de enfocar los temas que aborda con ánimo desenvuelto. Su carta me ha suscitado algunas reflexiones. Todas las cosas, instituciones y también las personas tienen dos caras, como la luna: una más visible y otra más oculta; una más positiva y atractiva, y otra más opaca y ensombrecida. Esto mismo acontece en el seno de la Iglesia. Según qué cara contemplemos podemos llegar a conclusiones muy distintas, incluso contradictorias. Sin faltar a la verdad se pueden hacer, sobre una misma realidad, afirmaciones muy diversas. Nuestros juicios van a estar condicionados por el lugar que nos posicionamos o el ángulo desde el que miramos y contemplamos la realidad. Bien lo expresó el clásico: “En este mundo traidor nada es verdad ni mentira, todo es del color del cristal con que se mira”. Ciertamente la Iglesia tiene deficiencias y comete errores y pecados. Es preciso reconocerlo con humildad, a veces con dolor. La pederastia, por ejemplo. Esto no se puede negar porque es evidente. La Iglesia está hecha de hombres y mujeres pecadores. No está conformada por ángeles del cielo. Pero la Iglesia no solo es pecadora. “Cada diez minutos cuenta con un nuevo mártir”, afirma el papa Francisco, siendo más numerosos actualmente que en tiempo de las persecuciones romanas durante los primeros siglos del cristianismo. Decenas de miles de misioneros y misioneras entregan su existencia por amor a los demás, compartiendo sus vidas con los más humildes y necesitados, cumpliendo con alegría y generosidad el mandato de Jesús: “Id al mundo entero y anunciad la Buena Nueva a todas las naciones” (Mt. 28, 19). Nada hay humano que no tenga resonancia en el corazón de un misionero. Haciendo de “buen samaritano” recorren los caminos de la tierra, como Jesús, curando enfermedades, sanando corazones, sembrando a manos llenas consuelo y esperanza por doquier. Un ejército de voluntarios, jóvenes y mayores, acompaña con caridad y ternura a los enfermos, a veces terminales, en las residencias de ancianos y en los hospitales, poniendo bálsamo en sus heridas y mitigando el rigor de su soledad. La Iglesia acoge a innumerables niños abandonados, huérfanos, o víctimas inocentes de conflictos armados. Alienta iniciativas en favor de la promoción de la mujer, sobre todo en ambientes tercermundistas donde el machismo relega a las mujeres a una condición poco menos que de esclavas. Y en el silencio de los monasterios multitud de hombres y mujeres consagran su vida al Señor y oran cada día por la paz y la salvación del mundo.

La Iglesia sigue caminando a través del tiempo. Animada y asistida por el espíritu de Jesús manifiesta su vitalidad en la diversidad de acciones positivas que realiza a favor de la sociedad. Observando su palpitar cotidiano es fácil percibir que la Iglesia está viva, a pesar de sus negligencias y equivocaciones como consecuencia de su condición humana. Tal vez Olorón mira la realidad eclesial con excesivo pesimismo. Pronostica en su escrito que al paso que vamos, con su generación prácticamente se acabará la Iglesia. Siempre es mejor encender un fósforo que lamentarse por la oscuridad. Personalmente, prefiero seguir confiando en la promesa de Jesús de Nazaret: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación del mundo” (Mt. 28, 20).

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