El viaje a Irlanda

Carmen Olorón Goñi|

Publicado el 02/09/2018 a las 09:09

El reciente viaje del Papa Francisco a la tradicional católica Irlanda ha suscitado numerosas reflexiones, opiniones, comentarios y oraciones. Pero, ante todo ello, he detectado una sola palabra repetida aquí y allá, que define este viaje. La palabra en cuestión es “difícil”. Porque, efectivamente, es delicada, muy delicada, la cuestión a lidiar por Francisco. En juego la maltrecha credibilidad de la iglesia católica en los últimos tiempos. Feligreses de los de siempre, con honda tradición católica, familiar y social que abandonan una nave que ofrece pocas garantías de eternidad y demasiadas de mundanidad. Ante ello, Francisco, con la humildad que le caracteriza, ha pronunciado otra palabra, quizás la única que podía mencionar en estos momentos: “perdón”.


No es momento de hacer leña del árbol caído, entre otras cosas, porque numéricamente al menos, es infinitamente superior la cantidad de hombres de bien, que entregados a la causa del Reino han dado sus vidas por y para ello. Si bien, como todos sabemos, el ruido de un árbol que cae es superior al silencio del bosque que lo contiene. Pero, reflexionando sobre este escabroso tema, no podemos dejar de ver el alcance mundial del mismo. Si hoy es Irlanda con su escalofriante informe Ryan, ayer fueron Chile, EEUU, Australia, Alemania, Reino Unido, España, México, Argentina, Viena, Polonia, Brasil, Francia, Suiza. Suma y sigue. O sea, todos.


Ante este panorama criminal y desolador viene a mi cabeza la frase de Lucas “¡ay del que escandalice a uno de estos pequeños! Más le valdría atarse una piedra de molino al cuello...”.Sentencia terrible que olvidan tan a menudo los infractores. Y además del veredicto divino estaría el humano y como tal, visto lo visto, quizás debieran ser juzgados por tribunales civiles y pagar con cárcel sus fechorías, como cualquier hijo de vecino. ¿No se dijo que todos éramos iguales ante la Ley? ¡Pues eso! ¡Es demasiado el daño causado como para irse de rositas! No vale ampararse en la débil justicia eclesiástica para tapar la delincuencia. De momento ponemos encima de la mesa la responsabilidad de la iglesia católica en los deleznables delitos contra menores. Creo que si bien es verdad que no puede culparse de los mismos a la iglesia como tal, entiendo que si le afecta la responsabilidad ante la respuesta dada a los mismos. ¿Tarde y mal? Puede. Quizás de ahí el perdón que pide Francisco.


Pero en todo este sórdido tema, y en mi humilde opinión, veo que pocas veces se va a las causas del mismo. Una de ellas, conociendo más o menos lo que da de sí la condición humana, sería el plantearse la fuerza de la pulsión sexual en el hombre que ni siquiera ante la sentencia terrible que le aguarda, es capaz de sobreponerse a sus instintos. ¿Por qué? “No es bueno que el hombre esté solo”, se dice en el Génesis. Y, seguramente, tiene razón. Tantos miles de hombres en un celibato que cada cual habrá llevado como haya podido, nos ofrecen hoy un panorama desolador donde los haya. Y no creo que solamente sea cuestión de castigar -que también- a los culpables, sino de ir directamente a la raíz del problema. Y la raíz está, siempre en mi opinión, en la naturaleza del hombre, que si no da cauce a su sexualidad por la vía natural aparecerá, se la esconda como se la esconda, por cualquier otra esquina, generando a veces víctimas inocentes. Y este es el meollo de la cuestión, del que dentro de la iglesia nadie habla, ni siquiera Francisco. El celibato que sin ser dogma de fe fue implantado hacia los siglos XI y XII, debería dar paso a un celibato optativo, entre otras cosas porque ya lo dijo un tal Pablo: “más valía casarse que abrasarse“. La lenta y obsoleta maquinaria de una iglesia, quizás demasiado anclada en un pasado de corte medieval, creo que no se adapta a los signos de los tiempos. Y los tiempos que antes nos presentaban casos aislados ahora nos muestran verdaderos cánceres con metástasis incluídas. Francisco lo tiene difícil pero no imposible. Desconozco hasta qué punto la edad de los jerarcas de la iglesia impiden renovaciones y nuevos planteamientos, “¡Detrás de mí el diluvio!” es frase de la ancianidad, y creo que en la iglesia católica se abusa de ella pero, ¡algo habrá que hacer! Antes de que nuestras iglesias, hoy tan diezmadas, queden desiertas a corto plazo.


Carmen Olorón goñi

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