Cuando se llega al poder y se mantiene a toda costa

Rafael Berro Úriz|

Publicado el 13/07/2018 a las 11:25

Un pícaro (Lázaro de Tormes, Rinconete…) y un trepa se parecen y a la vez son diferentes. Los dos son egocéntricos, están dispuestos a hacer trampas para conseguir sus objetivos, no tienen escrúpulos, etc. Pero hay diferencias: el pícaro es más bien un pobre diablo con pocos recursos, con ambiciones cortas y con poca capacidad de hacer el mal. El trepa en cambio es mucho más ambicioso, tiene muchos más recursos, menos escrúpulos y es capaz de hacer mucho más daño. Es más peligroso.

Cuando en la legislatura anterior Sánchez ya intentó (sin éxito) ser presidente del Gobierno, líderes competentes y honestos del PSOE tipo Javier Fernández (presidente de Asturias) le pusieron unas líneas rojas: no pactar con los independentistas, no llegar al Gobierno gracias a su apoyo. Ese acto (ponerle líneas rojas) implicaba que no se fiaban de él, que lo consideraban un tipo ‘peligroso’. Y tanto llegaron a considerarlo así que acabaron descabalgándolo del poder interno y nombrando una gestora. Esa defenestración supuso un plus en su valoración negativa de Sánchez. Significó que a su juicio el actual presidente no sólo no era una figura válida, positiva, una solución para el PSOE y para España, sino que era un ser negativo, un mal que era necesario evitar. En resumen, alguien bastante parecido a un ‘trepa’. El paso del tiempo ha ido confirmando ese diagnóstico. Ha mostrado que Sánchez no era un pícaro, un pobre diablo con limitadas ambiciones y sin recursos, pues venció a los que antes lo habían derribado. Y ha confirmado que es un ‘trepa’ en el modo en el que ha llegado a la presidencia del Gobierno.

Si Sánchez fuera un político honesto y no un ‘trepa’, lo sería en primer lugar con su propio partido y habría respetado las líneas rojas citadas: no llegar a la presidencia del Gobierno con el apoyo de los independentistas. Pero se las ha saltado todas: es presidente gracias a los partidos independentistas que no cumplen la ley (la Constitución), y gracias también a un partido admirador de Cuba y de Venezuela, y a la traición del PNV. Un respaldo muy propio de un trepa. Un político honesto desecharía estos apoyos pero un trepa no tiene escrúpulos y los acepta encantado. No en vano hay una cierta afinidad trapacera y tramposa de fondo entre todos ellos. Un político honesto buscaría el consejo y el apoyo de los políticos honestos y de los partidos que defienden la ley. Pero Sánchez no busca el apoyo ni el consejo de Javier Fernández, no se reúne con Arrimadas, no defiende a los catalanes que son víctimas de unos gobernantes golpistas que se saltan la ley. No busca el diálogo ni el pacto con los partidos que defienden la Constitución. Se reúne y busca el acuerdo con los que están tras las rayas rojas que le impuso su partido. Durante la moción de censura, Sánchez dijo que si Rajoy presentaba la dimisión él retiraba la moción de censura. Estaba haciendo creer con ello que él no pretendía gobernar, sino solamente echar al Presidente. Por tanto, expulsado Rajoy, si Sánchez fuera honesto y no un trepa, cumpliría su palabra y no gobernaría, sino que convocaría elecciones de inmediato. Además, durante la moción de censura no presentó un programa de Gobierno. Así que no recibió el apoyo del Parlamento para gobernar. Si fuera un político honesto, lo reconocería y aceptaría, y simplemente convocaría elecciones. Puede decirse que está gobernando mediante el engaño y la trampa legal.

Un gobernante trepa no busca el bien de su país, sino el suyo propio: llegar al poder y mantenerse en él como sea. En este caso complaciendo a quienes le han apoyado, la mayoría de los cuales quiere el mal para España. Estamos en manos de un ‘trepa’ incapaz de plantearse las consecuencias negativas para el país de sus tropelías. Los líderes del PSOE que lo descabalgaron en su momento y los partidos que respetan la ley deberían poner remedio a esta situación.

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