El lenguaje no es sexista

Marta Elía Beuvain|

Publicado el 18/09/2017 a las 08:50

El lenguaje es un conjunto de sonidos, signos y reglas mediante los cuales el hombre manifiesta cosas, hechos, sensaciones, sentimientos, pensamientos. Gracias a él llegamos a conceptualizar cosas materiales, inmateriales e, incluso, inexistentes. Pero nadie llegó un día y dijo: “voy a inventarme unas reglas para comunicarme”. El lenguaje se fue desarrollando con la evolución de la relación del hombre con el mundo. De ahí que cuando hablemos del lenguaje haya que tomar en consideración no sólo aspectos lingüísticos, semánticos o sociales, sino también antropológicos, puesto que ha sido un elemento evolutivo. Y el lenguaje asumió en su momento el hecho de que hubiese dos géneros: macho y hembra. Así hay palabras en género masculino y femenino, aunque las cosas no tengan sexo. Se puede argumentar que en las profesiones predomina el masculino, pero debemos tener en cuenta que, en la evolución, la hembra tuvo los problemas de su condición: menstruación, embarazo y lactancia, lo que la hacía más vulnerable, necesitando una protección que, poco a poco, ha ofrecido la sociedad.


Lo que hacemos al decir que el lenguaje es sexista es confundir género con sexo. Si el lenguaje fuera machista todas las palabras serían masculinas. Pero no es así. Las palabras definen conceptos para reconocer la realidad. Así juez es alguien que imparte Justicia; no tiene sexo, es neutro. Luego están los artículos para aclarar un poco más: la o el juez para saber si es macho o hembra y luego, si se quiere especificar más están los adjetivos para calificarlos como queramos. Últimamente nos da por poner buenos o malos jueces, pero eso es ya valoración; no es el lenguaje el que lo hace.


Cuando criticamos el lenguaje por crear referentes volvemos a confundir. Lo que crea el lenguaje es un referente a nivel de concepto. Volviendo al juez, alguien que imparte Justicia, sin más valoración. Otra cosa es el nivel de la significación. Eso no procede del lenguaje, que es neutro, no valorativo. La significación, sin embargo, es social, procede de las múltiples convenciones y condicionamientos sociales, además de los contextos, que valoran lo que nos rodea. Algo que procede de nuestra historia colectiva y de la moral que establece lo que es correcto o no. Pero el lenguaje no tiene nada que ver ahí, no valora. El lenguaje cobra significación a través del contexto social, particular, moral, físico, expresivo, simbólico…


Si decimos la casa es azul el lenguaje está diciendo lo que está diciendo a nivel semántico: artículo, sustantivo, verbo y adjetivo que crean una imagen en nuestro cerebro; pero si decimos la casa es azul delante de una hilera de casas amarillas, entonces, adquirirá un significado particular porque es especial, y si quien lo dice es un cargo público y la Ley señala que las casas deben ser amarillas, la significación cobra otro tipo de importancia.


El lenguaje, por tanto, no puede ser sexista, sino que somos nosotros, quienes lo interpretamos, quienes establecemos esa connotación, el carácter que adquiere una frase. El resultado de la comunicación es el que puede ser sexista teniendo en cuenta distintos elementos. El lenguaje busca una economía de palabras mediante la cual llegar a una comunicación efectiva lograr conectar con quien deseamos. Evidentemente, la comunicación se ha ido complicando porque no es solo el lenguaje el que interactúa, sino muchos otros elementos presentes en esa interacción como el contexto, el entorno social, lo simbólico… Ese es el espacio en el que se mueve el sexismo, la desigualdad, no en el lenguaje.


Porque, supongo, a nadie se le ocurriría pensar que una serie de gramáticos se pusieron de acuerdo para que hubiese verbos irregulares con el objeto de confundir al personal.


Marta Elía Beuvain

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