A raíz del fallecimiento de Ángel Echeverría Izu

Ángel Echeverría Izu
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Ángel Echeverría Izu
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Susana Aragón Fernández

Actualizado el 11/08/2026 a las 07:06

En cada trabajo, en cada situación de la vida, nos podemos encontrar con una chispa que nos hace crecer una sonrisa por dentro, una chispa que nos llena de paz. Sucedió en uno de esos años de trabajo en los Servicios Sociales, donde acompañábamos a personas, familias, grupos… intentando colaborar en la mejora de las diferentes y muchas veces difíciles circunstancias por las que estaban pasando. Una de esas chispas tuvo lugar acompañando a una familia de Camerún. Él y ella salieron de su tierra soñando con un futuro mejor y con poder apoyar a los que quedaron en la aldea. Llevaban también el sueño de regresar a su tierra amada.

Cualquier ocasión de trabajar, la aprovechaban. Primero compartieron vivienda con otros compatriotas. Luego nació el primero de sus hijos y cuando ya llegó el segundo, consiguieron un alquiler asequible. Trabajaban y trabajaban sin parar, en todo lo que saliera. Y llegó la niña, la tercera. Estaban felices de poder mandar algún dinero a sus padres y familiares. Sabían muy bien todo lo que significaba para ellos ese pequeño aporte.

Parecía que todo estaba yendo bien, cuando llegó una dificultad añadida: su hijo segundo estaba siempre a su aire, no les hacía caso. Creyeron que quizá se trataba de un problema de oído y le llevaron a la pediatra, pero no, no se trataba de eso. La pediatra tampoco se arriesgaba a decirles cuál era su diagnóstico, quería esperar un poco, hacerle algunas pruebas... y los padres iban angustiándose día a día. Ya tenían a su primer hijo y sabían cuáles eran las reacciones normales de un bebé. ¿Qué podían hacer por él?

Contactaron con un curandero místico camerunés que tenía mucho prestigio y conocía mil y un remedios para los males de este mundo. Les dio un amuleto para alejar los malos espíritus que, según él, podrían estar ocasionando esos trastornos en su segundo hijo. A pesar de que el niño llevaba ese amuleto al cuello, pasaba el tiempo y no había ningún cambio. Decidieron que lo mejor era acercarse a la iglesia y hablar con el párroco para solicitar el bautizo de los tres hijos.

Así, con toda la angustia y preocupación por ese hijo segundo, trasladaron al cura su deseo del bautismo, y su deseo mayor, cargado de fe, de pedir la curación de su segundo hijo. El párroco, con su cabeza resplandeciente de canas, los escuchó con sumo respeto, los acogió, los miraba tranquilo, como si en el mundo no tuviera nada mejor que hacer que escucharlos. De vez en cuando se oían sonidos de mensajes que llegaban a su móvil, pero él ni se inmutaba. Solo tenía ojos y oídos para estos padres abrumados. Sus ojos, acogiendo sus gestos; sus oídos delicados, recibiendo más allá de las palabras; su cuerpo parecía haberse convertido en un confortable sofá donde estos padres podían descansar y abandonar su sufrimiento.

El párroco tardó tiempo en hablar y dijo muy contadas palabras: “bueno, en el momento del bautizo, al decir la palabra “efetá”, que es una palabra hebrea y significa “ábrete”, con vuestro segundo hijo lo haremos con más intención e intensidad”. Pasaron los años y los niños fueron creciendo. Quizá no se consiguieron los cambios que los padres querían para su segundo hijo, pero tengo el convencimiento de que la palabra “efetá”, una oración en una sola palabra, actuó en los padres. “Efetá: ábrete”. La fe movió montañas y los padres se abrieron a su hijo, a lo diferente, a quererle sin intentar cambiarlo, a valorarlo y disfrutarlo. El párroco se llamaba Ángel Echeverría Izu, recientemente fallecido. Descanse en paz tras una vida de amor.

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