Del Euskal Jai al Aquavox: de cueros ajenos, anchas correas


Publicado el 04/08/2026 a las 05:00
Aunque el próximo día 16 hará 22 años de ello, recuerdo perfectamente lo que hice el 16 de agosto de 2004, festividad de san Roque. Al mediodía estuve en Zugarramurdi y, a las ocho de la tarde, tenía el funeral de una buena amiga en la parroquia de San Nicolás de Pamplona. Estando en Zugarramurdi se me acercó mi escolta (entonces yo era consejero del Gobierno de Navarra) para decirme que no podía acudir al funeral porque se preveía que a esa hora se iban a producir graves altercados en las proximidades de la iglesia, a lo que le respondí que sí o sí yo iba a asistir a esa ceremonia.
La excusa para la protesta de ese día era que esa madrugada, en una actuación conjunta de la Policía Foral y la Nacional, previa autorización judicial, se había desalojado el gaztetxe que en el viejo frontón Euskal Jai de la calle San Agustín de Pamplona tenía el movimiento juvenil Iruñeko Gazte Asanblada desde 1994 y habían sido detenidas 35 personas.
Acudí al funeral de Mercedes Lorda y, a la salida, en el paseo de Sarasate, ese que ahora está tomado por la mega obra que en él se lleva a cabo, había los consabidos incidentes a los que tan acostumbrados estábamos en la Pamplona de entonces.
En los meses siguientes, se llevó a cabo la demolición del Euskal Jai, el frontón de Pamplona entre 1909 y el 14 de diciembre de 1977, día en que se clausuró; es decir, durante 68 años. Una obra que, tal y como nos ha informado este periódico, costó 300.000 pesetas de entonces (6,6 millones de euros de ahora). En su lugar, el Ayuntamiento construyó un Aquavox con tres piscinas (una para la práctica de la natación, otra para el aquaeróbic, y otra con chorros y camas de agua), un jacuzzi, duchas ciclónicas, un pediluvio, sauna, baño turco y dos gimnasios de unos 300 metros cuadrados cada uno, además de los vestuarios y baños, que fue inaugurado hace menos de 17 años, el 30 de septiembre de 2009, y que en su ejecución hubo una desviación presupuestaria del 35,4%, costando 8,4 millones de euros, de entonces, a lo que se tuvo que sumar 4,2 millones más por la adquisición de unos terrenos.
Lo que no entiendo es que cuando ese edificio tenía tan sólo 15 años de vida, en el año 2024, el propio Ayuntamiento que lo construyó calculó que, como mínimo, necesitaba 4 millones de euros para arreglar las 40 patologías que en él había detectado que, por lo que informa ahora Diario de Navarra, han seguido aumentando y la última, hasta hoy, apareció el pasado 27 de julio cuando se rompió una cristalera de grandes dimensiones que obligó a cortar la calle San Agustín.
Por eso, como este edificio de 17 años de vida “hace aguas” y “amenaza con convertirse en un saco sin fondo”, el Ayuntamiento ha decidido demolerlo y construir otra cosa diferente en su lugar. Y aquí nadie dice ni pío. Está visto que el dinero del contribuyente está para ser gastado al gusto de los que gobiernan y nadie tiene que dar ningún tipo de explicaciones sobre lo que hace. Por eso, y como uno es muy mal pensado y está acostumbrado a ver cómo se derriba lo que hicieron los adversarios políticos, al haber emergido el Aquavox donde estuvo el gaztetxe y los que ahora gobiernan en el Ayuntamiento de Pamplona son los amigos, si no son algo más, de Iruñeko Gazte Asanblada, lo mejor que se puede hacer es eliminar todo vestigio de lo allí construido y edificar algo nuevo que nada recuerde a lo anterior. Está visto que para nuestras administraciones el dinero no es problema pues quien paga es el contribuyente y, ya se sabe, de cueros ajenos, anchas correas.