Deporte rural
El récord, según Estefi
Estefanía Etxebeste, harrijasotzaile navarra, relata cómo fue el récord de levantamiento de piedra que consiguió el pasado sábado en Ituren. Alzó por dos veces una mole de 166 kilos


Publicado el 23/09/2026 a las 05:00
La plaza de Ituren está llena, la gente espera y la piedra descansa en el suelo. Son 166 kilos de mole que, por ahora, no se han movido ni un centímetro.
Estefanía Etxebeste, una de las mejores harrijasotzailes, la mira. A su alrededor están los suyos, los que la han acompañado durante meses viendo cómo se preparaba para ese momento. Pero ella intenta no mirarles. No quiere escuchar los nervios de nadie. Solo quiere escuchar a Imanol Lartain, su entrenador. Respirar. Colocarse. Hacer lo que lleva semanas haciendo. Primera alzada, fallida. La segunda y la tercera son historia.
UNA CITA CON EL RÉCORD
El sábado, en Ituren, la primera respuesta fue que no. Al estabilizar se le fue hacia atrás. El primer intento había terminado. Durante unos segundos, aquellos 166 kilos volvieron a ser simplemente eso: 166 kilos de piedra en el suelo. Y tocaba resetear. “Dije: no puede ser. He deseado tanto este día y se va a acabar aquí”, señala. No se acabó. La piedra no se había roto. Los jueces le permitieron continuar. Tenía otra oportunidad. Cinco minutos. “Volví a concentrarme sin mirar a nadie, solo a Imanol que me estaba colocando la piedra”, señala. Lo intentó otra vez. Y esta vez sí. La piedra subió. No eran 165 kilos, como estaba previsto. La báscula había marcado 166. Un kilo más. Y esos 166 kilos terminaron también con un récord que llevaba diez años en pie: los 163,4 kilos de Idoia Etxeberria.
Sin embargo, la harrijasotzaile levantó mas que una piedra, más que un récord.
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UN VERANO DIFERENTE
La preparación empezó a principios de verano, aunque la historia había arrancado un poco antes. Estefanía, de 23 años, estaba preparando otra competición cuando faltó una piedra. Entonces le dijeron que entrenase para algún otro torneo. “Empecé a entrenar con otras piedras. Primero trabajé con la mía, de 113 kilos y después llegaron las de 132”, señala.
Y la pregunta de sus entrenadores apareció: ¿Por qué no preparar el récord? "Entre todos me dijeron que lo intentara. Sabía que algún día había que hacerlo. O, al menos, intentarlo”, explica. La piedra con la que finalmente se enfrentó al récord estaba pensada inicialmente para pesar 162 kilos. “Era de un señor del pueblo y le pedí permiso para modificarla y llevarla hasta los 165 kilos”, explicó. Aunque habían otros planes para Estefanía: la báscula dijo 166.
Durante el verano, además, Etxebeste tenía que compaginar los entrenamientos con las exhibiciones. “Me daba pena no participar, al final eran entrenamientos para mí. En Donosti, fui sabiendo que iba a perder, pero fui y competí”, explica. Eso sí, siempre con cuidado para evitar lesiones. “Si te pasas es malo. No por entrenar más vas a hacerlo mejor. Tienes que dejar descansar el cuerpo”, señala la navarra.
Una preparación exigente con sacrificios por delante no solo como deportista sino también como lo que es, una chica de 23 años. “He dejado de ir a fiestas y de salir mucho durante el verano”, afirma entre risas. La preparación física era importante. La cabeza, quizá todavía más, sobre todo en las dos últimas semanas que “fueron las más difíciles”. “En cuanto se iba acercando el día me iba poniendo más nerviosa y lo pagaba con los de casa”, confiesa. Durante buena parte de la preparación, mantuvo en secreto su cita con el récord. “No se lo conté a nadie. Venía a entrenar como si nada y ya está”, señala. Pero no pudo mantenerlo privado por mucho tiempo. “Tenía que pedir la plaza a mi pueblo para organizar el evento”. El secreto ya no era tan secreto. Eso sí, Estefanía tenía algo claro: el lugar. “Siempre había pensado que, si algún día hacía algo grande, quería hacerlo en Ituren con mi gente”, indica. La cita coincidía además con el día del ‘Joaldun’. Parecía la fecha perfecta: 19 de septiembre de 2026.
Se reunió al pueblo, se explicó el proyecto y salió adelante. “La organización corrió por parte de nuestro equipo. Hemos tenido que recaudar fondos para afrontar los gastos de la prueba”, recuerda.
Y llegó el sábado. Empezó el día arropada, bastante. “Vino toda mi cuadrilla de Beasáin para ayudarme en la preparación”, relata. Un recibimiento de par de mañana con sensaciones agridulces. “Dije, madre mía. Debería estar tranquila y mi casa está llena de gente”. La casa se fue vaciando. La cuadrilla, a preparar la plaza y Estefanía, a lo suyo. “Estuve con mi padre y mis hermanos a solas antes de que empezara”, rememora. Mientras, la plaza empezó a llenarse. Desde casa, Etxebeste podía verla. Los nervios aumentaban con la multitud de gente que había.
La navarra se considera una persona paciente. “Controlo bastante bien mis emociones”. Pero aquel día sabía que necesitaba rodearse de calma y los consejos de Imanol, su entrenador, fueron claros y directos: “Que estuviera tranquila, que el trabajo ya estaba hecho en casa y que solo habia que demostrarlo”. Tranquilidad. Paciencia.
Y de ahí a la plaza. Primera alzada: fallida. “Le di un golpe muy fuerte cuando la levanté y no controlé nada, se me fue. El calor y un masaje previo jugaron en contra. Me daba mucho el sol en la espalda, estaba sudando y tenía mucho aceite en el cuerpo. Intenté quitármelo todo bien en casa ,pero al parecer aún quedaban restos”, explica.
Era un momento crítico. “Después de fallar es difícil concentrarse”. Lo hizo y lejos de rendirse fue a por el segundo intento. “ La levanté y me salió toda la rabia y todo lo que tenía con un grito que me salió del alma”. Ya lo tenía. El intento contaba. Pero quería una vez más. “Estaba ante mi gente, quería darlo todo”, señala. Tercer intento y una alzada con dedicatoria incluida. “Estaban mi padre y mi abuela en el bacón viéndome y se lo dediqué”. Para la abuela de Estefanía fue la primera vez que veía a su nieta levantar una piedra. “Siempre le daba miedo y esta vez me miraba por la ventana, pero casi sin mirar”, señaló. Su madre también estuvo presente en la cita: “Le dedico todas mis alzadas a ella”, confiesa.
La emoción estalló. La tarea estaba hecha. Y el cuerpo lo sabía especialmente. “Te viene todo el cansancio. Cuando me estaba preparando no entendía por qué estaba tan mal si en los entrenamientos había hecho lo mismo, pero esto es diferente. Otra tensión, otros nervios”. Un cansancio acumulado donde los pensamienos intrusivos aparecían por la mente de Etxebeste. “Pensaba que ya no iba a levantar más piedras, decía entre risas. Pero, calma. Por algo son intrusivos. “Eso se siente al día siguiente y en el momento, pero luego vuelves a la realidad y dices hay que seguir”, relata. De momento hay Estefanía para rato. “Veo que tengo margen y he hecho historia, pero espero seguir haciéndolo”, desea. Pero por ahora, la prioridad es otra. “Descansar”.
Tras su gran logro. Vuelta a la normalidad. “En clase me felicitaron, pero todavía no lo he disfrutado. Estoy esperando a l fin de semana”.


VUELTA A LOS ORÍGENES
Estefanía volvió este martes a Orio. A la escuela del levantador de piedras Joseba Ostolaza. Una clase allí fue el inicio de una gran trayectoria. En 2023, sus amigos le regalaron una clase. Una clase que parecía simplemente eso: un regalo. Una experiencia diferente. Una tarde cualquiera. Pero aquella clase terminó cambiándolo todo. Llegó sin haber levantado una piedra en su vida. Tres años después regresaba con un récord en su palmarés. “Si me hubieran dicho entonces que algún día iba a levantar 166 kilos, no me lo habría creído”, reconoce. En aquella escuela de Orio, entre árboles y caminos verdes, comenzó una historia que nadie sabía hasta dónde podía llegar. Ahora, tres años después, Estefanía ya sabe cuánto puede pesar un sueño: 166 kilos.
Orio, el lugar que vio crecer a Estefanía Etxebeste
La escuela de Joseba Ostolaza fue el lugar donde comenzó la carrera de Estefanía Etxebese. Situada en Orio, Gipuzkoa, la escuela se esconde en el paraje de Aia en mitad de una carretera rodeada de un paisaje verde y frondoso, donde los árboles parecen custodiar el lugar en el que la navarra dio sus primeros pasos en la harrijasotzea. Un sitio, a priori pequeño, donde nada más pasar la puerta hay un pequeño gimnasio. Adelante un pasillo que conecta la zona de deporte con un ‘museo’ lleno de piedras de todos los tamaños, trofeos y carteles de Ostolaza. En 2023, sus amigos le regalaron una clase allí. Un regalo que terminó convirtiéndose en el comienzo de una historia. Sin haber levantado una sola piedra en su vida, volvió a sus orígenes con un récord en sus manos.
Uñas rojas, chaleco personalizado... el valor de los pequeños detalles
Uñas rojas. Color pasión. En las manos por donde han pasado miles de piedras el color rojo simbolizando fuerza, carácter y pasión. Lleva el chaleco preparado. Azul en la parte delantera, con su nombre bordado sobre la tela: Estefanía Etxebeste. Un nombre que ya es historia en los herri kirolak. El chaleco es una prenda que forma parte de su equipación, pero también de su identidad. Una vez puesto, todo cambia. El pelo, como siempre, recogido. Ni un mechón fuera de lugar. Todo está pensado para que, cuando llegue el momento, nada distraiga. Ni siquiera los pequeños detalles. Frente a ella está su pareja. Con calma, le coloca el chaleco, tira suavemente de la tela y comprueba que todo esté en su sitio.