Los padres que renuncian a ejercer la autoridad han dimitido ya como padres

La convocatoria tiene como objetivo dar soporte a las iniciativas encaminadas a mejorar la calidad de la enseñanza
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Imagen de archivo de varios niñosAyuntamiento de Pamplona
La convocatoria tiene como objetivo dar soporte a las iniciativas encaminadas a mejorar la calidad de la enseñanza

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Gerardo Castillo Ceballos

Publicado el 18/07/2026 a las 05:00

La educación suele definirse como el perfeccionamiento intencional de las facultades específicas de la persona. Pero no nos dice con que fin. Por ello, a esa definición uno la de Aristóteles: “educar es formar la mente para alcanzar la felicidad”. Esa tarea es apasionante pero difícil. Lo es porque educar exige diferenciar. Cada persona, cada hijo, necesita una educación a su medida. Por eso educar es un arte. Ningún artista se repite. Por otra parte, a la educación le influye el tipo de sociedad en la que se realiza. Puede obstaculizar la labor educativa y puede también estimularla con nuevo retos educativos.

La responsabilidad de educar no corresponde sólo a padres y profesores. Es una misión que debe involucrar a toda la sociedad. Las familias, las escuelas, las empresas y los medios de comunicación son agentes de educación. Cuando convergen en propósitos educativos comunes constituyen una sociedad educadora.

Lamentablemente, en la época actual la sociedad está dejando de ser educadora. Ello se debe a varios factores: padres que delegan la educación en la escuela; cambio social acelerado, crisis y confusión de valores; devaluación de la autoridad. A la escuela no se le puede pedir que sustituya a los padres como educadores de sus hijos. Los padres son los primeros y principales educadores. Pueden delegar el aspecto instructivo, pero no el formativo. Esto último es propio del ámbito natural de la educación que es la familia, un ámbito de intimidad, de amor y de convivencia intensa, en el que se descubren los valores que dan sentido a la vida humana.

El cambio social acelerado está produciendo un envejecimiento prematuro de los saberes. Gran parte de los conocimientos que los alumnos adquieren en la escuela no les servirán para acceder a su primer trabajo por obsoletos. Esto exige a los docentes centrarse en lo que menos envejece: el desarrollo de competencias, como, por ejemplo, saber pensar y saber aprender. También requiere introducir la educación digital: la integración planificada de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) en los procesos de enseñanza-aprendizaje.

La educación digital permite enseñar y aprender desde cualquier lugar y momento. Además, se adapta al ritmo de quien aprende, pero tiene el inconveniente de la dependencia de internet, por el uso excesivo. A causa de la rapidez del cambio, el entorno se está volviendo ajeno para muchas personas. En la sociedad de ahora la dimensión placentera y utilitarista de la vida predomina sobre la dimensión ética. Se da un cambio de valores que obstaculizan el proceso educativo, tanto en la familia como en la escuela. Uno de ellos es la devaluación de la autoridad. Se olvida que la autoridad es una influencia necesaria en el proceso educativo. La experiencia dice que el comportamiento espontáneo de los hijos no es suficiente para que lleguen a ser lo que deben ser: es necesario intervenir en su vida con la exigencia. Sin ella no sería posible fomentar hábitos de autodominio y autodisciplina.

La autoridad no es autoritarismo. Es una forma de amor, ya que con su ejercicio se busca el bien de los hijos. Los padres que renuncian a ejercer la autoridad ha dimitido ya como padres. Sus hijos son huérfanos de padres vivos.

Gerardo Castillo Ceballos. Doctor en Pedagogía. Profesor emérito de la Universidad de Navarra

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