La oposición que nadie quiere mirar

Maider Cibiriain

Publicado el 15/07/2026 a las 08:21

Cada dos años, miles de personas aparcan su vida para perseguir un sueño: poder trabajar en aquello para lo que se han preparado. Renuncian a tiempo con sus familias, posponen proyectos y convierten su vida en una cuenta atrás hacia una fecha que decidirá su futuro.

Como maestra, he visto de cerca el precio de una oposición. No se estudia durante unas semanas; se vive durante años con la sensación de que nunca es suficiente. El miedo, la incertidumbre y el desgaste emocional terminan formando parte del día a día.

Sin embargo, seguimos aceptando un sistema que deja demasiadas preguntas sin respuesta: temarios poco definidos o inexistentes, pruebas prácticas de enorme complejidad y un proceso cuya aplicación genera resultados muy desiguales. El acceso a la función pública debe regirse por los principios de igualdad, mérito y capacidad, pero ¿podemos afirmar con honestidad que el modelo actual los garantiza plenamente?

Lo más llamativo es que el malestar es compartido. Quienes participan en el proceso reconocen que el sistema necesita cambios. Cuando el profesorado vive con la mirada puesta en la próxima oposición, quien también paga el precio es la escuela: proyectos que se interrumpen, equipos que no logran consolidarse y alumnado que ve pasar, curso tras curso, a profesionales obligados a empezar siempre de nuevo. Entonces, ¿por qué cada convocatoria repite las mismas críticas sin que nada cambie? ¿Dónde está el debate? ¿Dónde están quienes deberían impulsar una reforma?

Lo más duro no es no conseguir una plaza. Lo más duro es sentir que, tras años de sacrificios, renuncias y esfuerzo, el resultado es un azar y no depende únicamente del trabajo realizado. Es volver a empezar.

No escribo estas líneas para pedir oposiciones más fáciles, sino más justas. La educación merece seleccionar a sus docentes con el máximo rigor, pero también con la máxima transparencia y equidad. Nos hemos acostumbrado tanto a escuchar historias de ansiedad, agotamiento y vidas aplazadas que hemos llegado a creer que forman parte del precio de ser docente. Pero el sufrimiento nunca debería ser un criterio de selección.

“Porque un buen sistema no es el que premia a quienes más resisten, sino el que sabe reconocer el talento, el mérito y la capacidad sin obligar a nadie a dejar media vida por el camino”.

Maider Cibiriain

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