Manuel Arizcun, primer padre de familia navarro beatificado

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Santiago Cañardo

Actualizado el 07/11/2026 a las 06:17

Este 7 de noviembre se celebrar en Santander la beatificación de 80 mártires, víctimas de la persecución religiosa acontecida al inicio de la guerra civil española. Entre ellos, subirán a los altares dos navarros: el hermano carmelita Ruperto de la Cruz Andueza Larraya, portero del convento de Santander, y el laico Manuel Arizcun, padre de familia y presiente diocesano de la Acción Católica de Navarra en el momento de su martirio en Cantabria, donde se encontraba veraneando con su familia. Con ellos, son ya 106 los mártires navarros del siglo XX beatificados. Su memoria litúrgica se celebra de forma conjunta el 6 de noviembre de cada año. La lista seguirá creciendo. Pronto se incorporará a la misma el hermano Gabrielista Cesáreo Villanueva Iriarte, natural de Jaurrieta. 

La beatificación de Manuel Arizcun representa un hito en la historia del santoral de la Iglesia en Navarra. Nuestra tierra cuenta con una rica historia de santos y beatos, que van desde la antigüedad cristiana hasta el siglo XX, el de mayor número de fieles elevados a los altares. En esa larga historia, aparecen hombres y mujeres que han vivido el seguimiento de Cristo en diferentes estados de vida: pastores (San Fermín, San Gregorio de la Berrueza, San Ezequiel Moreno…); monjes (San Veremundo de Irache, San Raimundo de Fitero, San Virila de Leyre), misioneros (San Francisco Javier, Beato Esteban de Zudaire, Beato Faustino Villanueva); vírgenes (Santas Nunila y Alodia, Beata Catalina Irigoyen,…); fundadoras de congregaciones religiosas (Santa Vicenta Mª, Beata Ascensión Nicol),… El mayor número corresponde, como en el conjunto de la Iglesia, a los mártires, porque el martirio siempre ha representado el testimonio supremo de la fe, la esperanza y la caridad. 

Sin embargo, en este rico santoral navarro faltaba un representante de la vocación más universal a la santidad entre los fieles cristianos: la del matrimonio. Ahí radica la novedad aportada por la elevación a los altares de Manuel Arizcun, un padre de familia numerosa, que ante todo cuidó de su esposa y de sus nueve hijos. Su primer campo de apostolado fue su propia familia: "Deseo que mis hijos tengan un corazón bondadoso y sensible. El que lo tiene habla con humildad a todos, porque en todos respeta la dignidad humana; se interesa por el bien de los demás y siempre estará al lado de los caídos". 

A partir de ahí, su rico apostolado se extendió por toda Navarra durante los turbulentos años de la II República, en la Asociación católica de padres de familia, en la Acción Católica y en la Hermandad de la Pasión. En enero de 1936 decía en una charla a los catequistas de Navarra: “Es hora de ser cristianos activos, es hora de mirar con caridad a todos los hombres”. 

A Manuel se le presentaron diferentes alternativas a lo largo de su vida. Sostenido en todo momento por la gracia de Dios, él siempre eligió seguir a Cristo. Dejó una brillante carrera militar, a la que podía haberse reincorporado para salvar su vida. No lo hizo, porque quiso permanecer fiel al Señor, cuidando de los suyos hasta los últimos momentos, nutrido interiormente por la oración y la comunión eucarística, recibida por él y por su familia de forma clandestina. Así vivió en persona lo que había dicho unos meses antes de su martirio en una conferencia a las juventudes de la Acción Católica, reunidas en Huarte: “El secreto de la vida espiritual está en la piedad. El medio más eficaz es la eucaristía, en la que encontraréis ese temple para el alma, tan necesario e imprescindible”. 

La sangre de los mártires es siempre semilla de nuevos cristianos. El nuevo beato nos anima a todos en la nueva evangelización a la que todos estamos convocados, pues, como nos recuerda el apóstol de los gentiles, todo lo podemos en Aquel que nos conforta.

Santiago Cañardo es sacerdote y delegado para las causas de los santos

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