Homenaje a José Luis Molinat


Publicado el 17/07/2026 a las 07:32
Qué pocas personas en este mundo dejaremos un rastro tan profundo y silencioso como ha dejado José Luis Molinat, y además difícil de olvidar, para muchos de nosotros, ha sido ese espíritu bonachón y sencillo, de esos que cuando está a tu lado, te envolvía con su presencia. Nunca pedía nada para él; siempre por los demás. Aunque en los últimos tiempos sí que pidió ayuda: “Estarás a mi lado, me encuentro bajo, gracias gracias repetidas hasta la saciedad”, me dijo. Si quería agradecer algo nunca te daba nada directamente, te lo hacía llegar a través de otros, para que no pudieras rechazarlo.
Párroco de Orbaizeta, de Orbara de Aria y de todo el Mundo como decía él, al finalizar sus homilías, “¡Por este! ¡Por aquel! ¡Por unos por los otros!, y por todo el mundo”. ‘Ala’, ahí queda eso, así era José Luis Molinat.
Un hombre que después de 53 años, dedicado en cuerpo y alma a servir a los demás, se nos ha ido sin hacer ruido alguno: “Oye, que José Luis ya no está con nosotros”. Después de disfrutar viendo un partido de fútbol con su hermano, se fue a la cama y fue para siempre. Después de 53 años, al servicio de todo el mundo, cómo él decía, no se ha tenido un gesto más acorde con su condición. Bien es verdad que lo que él representaba a muchos les patina.
Pero que no se haya tenido un gesto, no hacia lo que representaba, si no a la persona como tal, qué menos que una Misa funeral dedicada exclusivamente a él.
Muchos estábamos a la espera de que alguna entidad tuviera ese detalle, pero ha pasado el tiempo y nada. Se suele decir, cuando ya no estás, todo son alabanzas. En este caso se confirma la regla, José Luis fue un hombre humilde, comprometido con sus convicciones, amigo de todos y de muy pocos en particular. Para él todos éramos iguales; nadie era privilegiado ante él. Tenía una sonrisa grandilocuente, nunca se le oyó una sonora carcajada. Si algo no le salía como él deseaba, poniendo cara de tristeza decía: “Cachen la mar”. Ahí quedaba todo.
Hombre religioso como el que más, confiado quizás en exceso en algunos momentos, por ello tuvo algún disgusto. Futbolero, andarín, ciclista, montañero. En sus buenos tiempos, después de impartir la clase de religión en la ikastola de Garralda, jugaba al fútbol como un niño más, siempre con el ahinco y el afán de que su equipo ganara.
No le dolían prendas coger la bicicleta y echarse a la carretera, desplazarse a donde fuera. Eso sí, el sábado a cumplir las labores eclesiásticas de Orbaizeta, Orbara, Aria y el barrio de la Fábrica, primero con su moto Vespino, luego con quien le llevara, últimamente con su silencios. Andarín, como el que más, caminos, carreteras, montes y las distancias que fueran necesarias. Uno de aquellos días salió de Pamplona con dirección a Orbaizeta; coge el autobús de línea hasta Aoiz, y después siguió andando hasta Orbaizeta. Si alguien le cogía bien, si no hasta a casa; 30 kilómetros, ahí es nada.
Ciclista, los kilómetros y el tiempo no contaban para él, solo el destino y objetivo a cumplir. Ya tuvo algún susto. A modo de anécdota, diré que me tocó de cerca. Saliendo de Lourdes con el camión que conducía en ese momento, me fijé en un ciclista que iba en una marcha un tanto forzada y cansina. Hacía un calor de justicia. Según me acercaba hacia él, pensaba entre mi: “Mira ese desgraciado cómo va; se le pegan las ruedas a la brea del calor que hace”. Al pasar junto a él me fije bien; “¡Pero si es José Luis!”. Unos metros más adelante donde pude ladear el camión, paré. En principio no me conoció. El hombre no salía de su asombro al reconocerme, echamos la bicicleta encima de la carga, y se subió a la cabina. Estaba exhausto, sediento, desencajado. Una vez en la cabina repetía: “Gracias, gracias; menos mal que has llegado. Si no, ¿cómo llego para el sábado a celebrar la Misa? Gracias, creo que repetía cada kilómetro que pasábamos.
Montañero; no era hombre de coronar grandes altitudes, pero sí de hacer largos recorridos por los montes. Sé que hizo por lo menos seis viajes a Lourdes, a pie por el monte desde Orbaizeta. Salía el domingo después de celebrar la misa, a lo que le diera la luz del día, o el cansancio. Dormía y descansaba acurrucado en el monte. Cruzaba el Irati por debajo del Ori, hacia el rincón de Belagua; unas veces por la zona de Linza, o por Estanes. Total, que llegaba a Lourdes en cinco días, eso sí con la intención de regresar el sábado a Orbaizeta.
Sin más equipaje que lo puesto; una desgarbada mochila, una camisa y un pantalón de repuesto para cambiarse el día de regreso. Para comer, unos tubos de leche condensada, y una pequeña botella de cristal, para ir cogiendo agua por las fuentes por donde pasaba.
Un día me comento; “Tengo dos propósitos en la vida: uno, ser sacerdote, que ya lo soy, y el otro, ascender al Midi d’ossau, cumbre en el Pirineo central de 2.882 metros de altitud, ¿Me ayudaras a conseguir este último propósito?” Pues claro que te acompaño hombre. Por mi parte no hay problema, decides un día y nos vamos. No sabes qué alegría me das, gracias...
Costó lo suyo, en el primer intento no se pudo hacer cumbre, exceso de gente; José Luis se asustó. Segundo intento; una mañana temprano aún sin amanecer, iniciamos el ascenso. Después de pasar el refugio del Pombi, se presento una tormenta impresionante y mucha niebla. Esperamos unas horas y total a casa.
Por fin, a la tercera la vencida, aunque no sin vicisitudes. Después de superar la primera dificultad, que la hicimos encordados por seguridad, a José Luis se le desprende casi toda la suela de una de las botas. La atamos como pudimos e hicimos cumbre. Sueño y propósito cumplido. Doy fe de su satisfacción.
En los últimos metros, me quede unos metros atrás, para observar su reacción cuando llegara a la cima. Miró al cielo con las manos entrelazadas, repetía con insistencia ‘Gracias, Gracias’. Después, poniéndose de rodillas, comenzó un murmullo susurrante durante más de cinco minutos. Luego todo era alegría, me dio un fuerte abrazo, repitiendo las gracias.
Hombre de profunda Fe, amante de conservar las tradiciones, cuando se acercaban ciertas fechas, anunciaba con reiteración: “El día tal a tal hora iremos a San Joaquín, San Esteban, la Virgen de Azpegui”, el le llamaba la Virgen de los Pastores, la Virgen de las Nieves, La romería a Roncesvalles. Siempre que hubiera algún feligrés para el ya era suficiente, acudía a todos los funerales de la zona fueran de su parroquia o no.
Uno de sus mayores disgustos, fue cuando desapareció la placa de la pared de la iglesia, donde se hacía referencia a los difuntos de la última contienda. Decía; ¿qué culpa tenían ellos? A lo mejor ni siquiera estaban de acuerdo, con lo que les obligaban a hacer.
Días después del funeral y el entierro en el cementerio de Pamplona, estuvimos en la ermita de San Esteban. Los que asistimos, anduvimos como pollo si cabeza, ¡Que vacio! Esperábamos que, de un momento a otro apareciera por entre las hayas. No tuvimos esa suerte. Todo estaba limpio y preparado para recibirle, pero José Luis Molinat ya no está.
Se hicieron unos rezos, a continuación como a él le gustaba, se hizo el habitual Batzarre, lectura de cuentas, futuros proyectos para el próximo año… y le cantamos el Feliz Cumpleaños cómo si estuviera, porque en esas fechas José Luis cumplía años. Ahora que se acerca el año de su ausencia, algunos de los que tuvimos afinidad hacia él, nos sentido decepcionados por la actitud, que ha habido por parte de los representantes municipales, donde Lose Luis Molinat vivió su últimos 53 años.
¿Qué, tanto cuesta dedicarle una misa funeral, exclusiva en agradecimiento, por parte de cada municipio? Han ofrecido misas y recordatorios, pero siempre compartidos, con otros eventos eclesiásticos, nunca un homenaje exclusivo, por parte de las autoridades de donde vivió.