Rosario Imas Imas, convertida en "casa de todos" en Los Arcos


Publicado el 23/01/2026 a las 08:08
Si la muerte no fuera el anticipo de otra existencia, la vida sería una burla cruel”, decía el dirigente indio Gandhi. Porque si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida. Estas reflexiones nos sirven para glosar los sentimientos de Rosario, porque su recuerdo quedará para siempre.
Rosario Imas Imas nació en Los Arcos el 25 de enero de 1933; era hija de Juana y José, cuyos hermanos son Pedro Jesús, casado con Inés; Francisco, casado con Rosa Mary; y Carlos, agustino recoleto. De niña sobresalió por su desparpajo y mostró sus cualidades en el colegio de las Hijas de la Caridad del pueblo. Hablaba en público sin rubor, hacía presentaciones, discursos y destacaba por su soltura en sus diversos papeles en las comedias.
Pronto despertó en ella el cariño por Teófilo Echeverría y a los 22 años contrajo matrimonio, el día 3 de septiembre de 1955. Rosario, ‘Chari’ para sus vecinos, llevó una vida familiar intensa volcándose con su marido y con sus hijos José Ignacio, María Jesús, Luis, Carlos, Javier y Mónica y más tarde con sus yernos y nueras María Elena Sádaba, Fernando Gastón, Merche Nieto (fallecida), Marta Carrasco, Magdalena Sáinz y José Mary Ancín. Tenía 12 nietos y 4 bisnietos.
Su esposo Teófilo Echeverría Martínez falleció el 16 de abril de 1996, debido a un accidente en el viñedo con un rotovator. El fallecimiento tan inesperado y brusco supuso una gran pérdida para Chari.
Rosario, ante la adversidad se sobreponía, fue una persona muy viajera, no tenía pereza para coger la maleta y embarcarse para conocer otras tierras. Se desplazó cuatro veces a Estados Unidos, un viaje a Costa Rica y recorrió casi toda España con el Imserso. Le encantaba disfrutar de los balnearios, sobre todo, del de Fitero, donde hizo muchos amigos, tanto de dirección, como personal del centro e inquilinos.
En especial se trasladó en cinco ocasiones a Roma, su ciudad preferida. En una de las veces, recibió la comunión de manos del Papa San Juan Pablo II el día Jueves Santo en la Misa Crismal en la Basílica Vaticana, ante más de cien cardenales, trescientos obispos y mil quinientos sacerdotes.
Uno de sus hermanos es el padre Carlos, agustino recoleto y residente en la parroquia Santa Rita de Madrid, a quien le unía una relación muy especial. Al tener fray Carlos muchísimos compañeros agustinos, pasaban por casa de Chari en Los Arcos decenas de frailes a lo largo del año, así como amigos de su hijo Ignacio, que también se formó en los colegios agustinos. Por eso, decir Los Arcos, decir Chari es sinónimo de “la casa de todos”. Era un hogar cálido, hospitalario, cercano, donde todos eran bien recibidos y siempre había en el comedor algo para picar, un chorizo casero, un café, un refresco, unos dulces o un licor ‘cointreau’ elaborado por ella. Llevaba a la práctica el mensaje de San Agustín: “Al final se nos juzgará no por la cantidad de acciones sino por los kilos de amor que hayamos puesto en nuestro trabajo del día a día”.
Murió a los 93 años de edad, el día 6 de enero pasado. Su fallecimiento supuso un gran impacto emocional en su pueblo y alrededores. Todos conocían a Chari, todos querían dar el pésame a sus hermanos e hijos, todos se acercaban al féretro para dar el último adiós. En el funeral celebrado en la parroquia Santa María de la Asunción de Los Arcos, no había espacio para albergar a tantas personas en la iglesia. Presidió la Eucaristía su hermano fray Carlos y concelebraron once sacerdotes, la mayoría agustinos recoletos.
Fray Carlos, emocionado, quiso resaltar en su homilía tres cosas de Rosario: su profunda religiosidad y vida de fe, el sentido de unidad familiar y su hospitalidad. Todos los días participaba en la misa, ya fuera presencial o por televisión. Por otra parte, afirmaba: “Yo me siento satisfecha cuando estamos todos los familiares reunidos. Las penas se aligeran si vivimos todos en paz”. Chari era la alegría de la casa, sus puertas siempre estaban abiertas y ella estaba dispuesta a entregarse a los demás, por eso se llevaba bien con todos.
Nada mejor que finalizar con las palabras de San Agustín, sobre su madre Santa Mónica, en su libro Confesiones: “Ella no había muerto del todo; de lo cual nosotros estábamos seguros por el testimonio de sus costumbres, por su fe no fingida y otros argumentos ciertos”. Descanse en paz.
* El autor es amigo de la familia