Manuel García García, humanista y 'curator hominis'

Manuel García García
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Juan Cruz Alli

Actualizado el 29/10/2025 a las 08:18

E L pasado 19 de junio falleció en Pamplona Manuel García García. A su esposa Ana Arellano Tolivar, hijas Ana y María, yerno Garikoitz, nieta Maddi y nieto Julen, la condolencia de un viejo amigo de San Cernin.

Manolo, como era conocido por todos, nació en Sangüesa el 16 de enero de 1936. Fue hijo del pamplonés José Ramiro y de la artajonesa Iluminada (’Ilu’) y hermano de Marisol, a quienes conocí como familia de la calle Jarauta 33 con la que la mía tenía relación, para los que era el “hijo de Tomás, el de la farmacia”. 

Realizó sus estudios primarios en Sangüesa, San Sebastián y Pamplona, destacando desde entonces por su inteligencia y aplicación. A los once años ingresó en el Seminario Conciliar de Pamplona, estudiando Gramática, Filosofía y Teología, siendo uno de los alumnos becados distinguidos. Fue ordenado sacerdote el 19 de julio de 1959, junto con otros compañeros del curso ‘Aquilón’, como Chocarro, Yalar y Redín, cuyas primeras misas fueron un acontecimiento parroquial en San Cernin.

Se licenció en Psicología en la Universidad Complutense de Madrid y en Sociología en la Pontificia de Salamanca. Durante su estancia en Madrid residió en el Colegio Mayor Pío XII, donde formó parte del grupo de amigos que, con el paso del tiempo, seguiría conociéndose cariñosamente como ‘los Píos’. Su carrera docente posterior la ejerció como profesor de Psicología en el Seminario de Pamplona y en la Escuela de Enfermería del Hospital Virgen del Camino. 

A finales de los años 60, Madoz, Martinicorena y Muñoz, junto con Baca, Varo y García de Eulate -exalumnos del profesor de Psiquiatría Dr. Soria, de la Universidad de Navarra- fundaron la Sociedad Médica de Estudios Antropológicos (SMEDA), que en 1976 se transformó en la Fundación Argibide. Introdujeron en Navarra la “Nueva Siquiatría”, que sustituyó la marginación del internamiento por la atención abierta y la integración familiar y social del paciente mediante grupos terapéuticos, especialmente en los casos más graves, aplicando la antropología médica para analizar el origen social de la enfermedad y promovieron la atención ambulatoria, el Hospital de Día, los centros de día y la unidad de daño cerebral.

Manolo fue llamado a participar en este proyecto por su perfil personal y profesional, propio de un ‘curator’ del alma humana, capaz de comprender y ayudar a quienes sufrían trastornos psíquicos sin estigmas. Se comprometió con la cercanía, la delicadeza y la calidad exquisitas que siempre le caracterizaron. Dedicado vocacionalmente a esta labor, colaboró activamente con la Fundación, participó en la creación del Centro de Salud Mental de Burlada y dirigió hasta su jubilación el Hospital de Día Psiquiátrico del Hospital de Navarra.

Manolo fue un marido entregado y un padre atento, exigente pero siempre disponible para sus hijas. Mostraba su cariño en la presencia constante y en los gestos cotidianos. También fue un cuñado afectuoso, un tío cercano y un abuelo lleno de ternura. Siempre contó con el apoyo de sus ‘chicas’, Ana esposa, hijas Ana y María y los nietos Maddi y Julen. En la hora del adiós debéis recordar las palabras del poeta S. Holland, adaptando a S. Agustín: “El amor no desaparece jamás. Lo que éramos los unos para los otros lo somos siempre. Os espero, no estoy lejos, justo al otro lado del camino. Veis, todo va bien […] Volveréis a encontrar mi corazón, mi ternura acentuada. Enjugad vuestras lágrimas y no lloréis si me amáis”. 

La trayectoria vital de Manolo lo ha hecho merecedor de la paz final y del reconocimiento de cuantos tuvimos la dicha de conocerle y tratarle. Con su muerte “se nos ha dormido la voz en la garganta, / y tiene el corazón un salmo quedo. / Ya sólo reza el corazón, no canta” (A. Machado).

El autor es convecino de San Cernin y amigo del fallecido

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