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Turismo Navarra

Real Fábrica de Eugi, la industria de la naturaleza domesticada

Frío, lluvia y bosque. Cuando estos tres elementos conviven durante siglos, la naturaleza demuestra que es la reina indiscutible por encima de la voluntad humana. Donde hubo piedras y ladrillos, hoy hay hiedra y musgo. Donde hubo cantos y carros, hoy hay castaños y hayas. Donde hubo una fábrica, hoy hay una historia que la Historia ha mantenido entre sus legajos: la de la Real Fábrica de Municiones de Hierro de Eugi.

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Visita a la Real Fábrica de Municiones de Eugi.
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  • Conocer Navarra
Actualizada 30/10/2020 a las 15:46

(Reportaje publicado en la revista Conocer Navarra nº 49 con fecha diciembre de 2017. Texto de CODÉS MORRÁS y fotografías de IÑAKI TEJERINA).

 

El olor de la ciudad ha cambiado en los últimos tiempos. Su aspecto al ojo común también. Y es que Madrid ya tiene alcantarillado. Por fin sus calles son dignas de tránsito y los suelos no son un vertedero, sino un empedrado regular y firme por el que poder circular sin mancharse ni destrozar los carruajes.

Ha pasado algo más de medio siglo desde que se estrenase el año 1700 y el sucesor de Fernando VI, ese al que consideran un “rey extranjero” que vino de reinar en Nápoles, quiere un país avanzado, con una capital digna de competir con el brillo de las grandes ciudades europeas.

Carlos III plantea cambios, obras públicas de envergadura, transformaciones que requieren ingresos. Por eso, en 1763 se celebra el primer sorteo de lo que hoy en día es la Lotería Nacional y que no era sino una idea importada desde Nápoles para recaudar fondos. La finura de los cristales elaborados en La Granja, las piezas de porcelana manufacturadas en el Buen Retiro… las industrias de bienes de lujo son potenciadas. Pero ese segmento es solo un ápice de todo lo que la Corona puede explotar: la producción de bienes de consumo a lo largo de toda la geografía española debe sufrir un empuje.

Pedro Rodríguez de Campomanes, su ministro de Hacienda, ha escrito su ‘Discurso sobre el fomento de la industria popular’, una exposición teórica del deseo de de­sarrollar la industria por todo el país con el fin de mejorar la economía de las zonas rurales.

Estos planteamientos reformistas solventan varias necesidades: al tiempo que potencian el posible autoabastecimiento en gran parte del país, proveen a la Corona de los bienes que necesita para defender sus territorios. Liberalizar el comercio con América, hacerle la guerra encubierta a Inglaterra y promover expediciones para tomar posesión de tierras a lo largo de todo el Pacífico, desde la Polinesia hasta Canadá, exige ir bien pertrechados de moneda y sobre todo bien armados.

La Corona revisa sus posesiones para obtener balas y bombas con menos costes y de calidad. En Eugi cuentan con dos establecimientos, uno en Olondo, antigua Armería Real, y otro en Olaberri, ambos arrendados. El primero había dejado de producir –hace más de un siglo– elaboradas, bellas y costosas armaduras de gala pero no por eso se habían acabado los recursos en la zona.

La investigación de O. Puche Riart y J.A. Espí Rodríguez, ingenieros de minas de la Universidad Politécnica de Madrid (2005), expresa perfectamente la situación de ese momento: “Bien conocida es la importancia de las ferrerías vasconavarras desde la época medieval. Navarra en particular, a la que pertenece la única referencia sobre este tema en los escritos de nuestro viajero, poseía ferrerías localizadas desde la Edad Media en la zona septentrional, rica en mineral de hierro, bosques y recursos hidráulicos utilizados desde el siglo XV como fuerza motriz para el movimiento de los fuelles y de los martinetes o martillos estiradores. En el siglo XVI, conocen estas ferrerías un gran auge en razón de la fuerte demanda de hierro suscitada por la conquista y colonización americanas (…)”.

Los ingenieros se refieren al viajero Jaques Faget de Baure, un jurista, político e historiador bearnés, miembro del Parlamento de Navarra, que dejó constancia de esta industria en los cuadernos de sus múltiples viajes a finales del siglo XVIII debido a su interés por su tierra natal.

La principal de estas instalaciones siderúrgicas era la Real Fábrica de municiones de hierro de Eugi. Faget de Baure la describe como: “... une ma-nufacture de bombes: trois fourneaux y fondent à la fois trente milliers pesant de fer; des soufflets à la Suèdoise animent le feu. C’est l’un des plus beaux établisse- ments qui soient en Espagne»”.

INNOVACIÓN DIECIOCHESCA

Desde los viajes de Faget de Baure poco ha cambiado, en lo esencial, el paisaje de la zona. Eugi poseía y posee la ‘santísima trinidad’ vital para poner en marcha esta industria: madera (hayedos que proveen de toneladas de carbón y robles para vigas y trabajos), la fuerza motriz del agua y las minas de hierro.

La de Olaberri, la ferrería de arriba o nueva, era en el siglo XVIII una industria pequeñita en la que producían municiones. Hasta el 5 de julio de 1766. Ese año, por una Real Orden y siguiendo un diseño del Conde de Rostaing –comandante de Artillería de ascendencia francesa–, el comandante Francisco Javier de Clairac y el teniente Domingo Esquiaqui levantaron sobre sus instalaciones una Real Fábrica de Municiones de Hierro, según recoge Aurora Rabanal Yus en su obra ‘Las Reales Fabricas de Eugi y Orbaiceta’ (1987).

A simple vista, la empresa no era en sí mas que una acción industrial que la historia ha reducido a documentación dispersa y restos arqueológicos, hasta que se habla con Francisco Labé, codirector de la excavación de esta fábrica junto con Ana Carmen Sánchez. “Esto fue innovación e I+D. Puro I+D”, destaca.

Su apreciación se refiere a la parte técnica y de desarrollo de ingeniería de la fábrica así como al sistema organizativo y de vivienda que se implantaron en Olaberría. Por primera vez, indica Francisco, se creó una fábrica–población en el mundo rural en la que convivían tres ámbitos diferenciados pero imbricados entre varios niveles de alturas: la parte fabril de producción de municiones, la de viviendas para los trabajadores de las instalaciones y la de servicios. Este concepto, tan frecuente en siglos posteriores, supuso la puesta en práctica de las ideas ilustradas.

Con la construcción del horno de Santa Bárbara en 1766 y la ‘casa de laborantes’ o ‘casa de los solteros’ comenzó la fábrica. No se trataba de un proyecto nacido global, sino que las instalaciones y edificaciones fueron creándose y ampliándose conforme surgían las necesidades laborales, residenciales, de abastecimiento o defensa. Lo que no mutaba era la base: el trabajo en cadena. Así, al año de iniciarse la producción había ya unas doscientas personas trabajando en la fábrica, se había construido el horno de Santiago y se había reparado el camino carretil hasta Zubiri.

TRES ÁREAS DIFERENCIADAS, UN ESPACIO COMÚN

Si hoy nos paseamos por este paraje de Esteribar, la imaginación requiere ejercitarse a fondo o bien escuchar las explicaciones que proporcionan los arqueólogos Francisco Labé y Ana Carmen Sánchez, dado que la carretera NA-138, construida en 1930 hacia Quinto Real y Alduides, pasa justo por medio de sus desdibujados restos.

Un panel entre abetos y castaños nos invita a conocer el proyecto que durante 28 años dio de comer a cientos de personas. En esta fábrica–población, con una superficie de más de 10.000 m2, llegaron a vivir hasta 500 personas. De hecho, donde hoy se aparcan los vehículos se encontraban las casas de los arrieros, las cuadras para las mulas y las viviendas de los oficiales, unas construcciones de piedra definidas antaño como ‘dignas y capaces’. En ellas se instalaban los especialistas más cualificados: maestro fundidor, maestro cantero, maestro cerrajero y maestro moldeador, entre otros, con sus familias.

En el lugar que actualmente ocupa una plantación de abetos había más casas para trabajadores y allegados, edificaciones que tenían 25 metros cuadrados en planta baja y algunos más bajo cubierta. Al otro lado del río, junto a un sendero que nace hacia la izquierda de la carretera, se situaba la ‘casa de los solteros’ donde vivían el cura castrense, el militar que ejercía de juez de paz, el maestro de primeras letras y el médico o maestro barbero–cirujano. También servían de alojamiento las sobreplantas y bajocubiertas de los talleres de la propia fábrica tal y como indican los enseres cotidianos –platos, vasos, jícaras para el chocolate o tijeras de costura– encontrados en las excavaciones del taller de carpintería.

La campaña de trabajo empezaba, teóricamente, el 1 de octubre. Pero si había antes caudal de agua suficiente, se adelantaba. Para esa fecha los carboneros, cuya concesión se hacía por un periodo de 5 años, debían tener llenos –con 6 millones de kilos– los dos edificios destinados a tal fin.

El abastecimiento para la Real Fábrica de Eugi se fijaba en miles de cargas de 130 kilos o de 4 sacos. Se proponía un precio por carga y se efectuaba una subasta ‘a candela’ –hasta que se apagase la luz de una candela– y el precio más bajo ofrecido se hacía con la subcontrata.

Las cuadrillas solían empezar a cortar la leña en febrero, pero obtener semejante cantidad de kilos resultaba agotador para el hayedo. Los primeros años, indica Francisco Labé, se realizaban ‘trasmochos’ que consisten en cortar un haya a determinada altura para que le salgan brazos o candiles. Pero cuando se regresaba a trabajar en esa zona el crecimiento no había sido suficiente.

Desde su puesta en marcha, se ordena que se repoblase el hayedo plantando un árbol por cada uno que se talaba. El consumo de 30 millones de kilos de leña anuales fue evidenciando que esta medida tampoco bastaba, ya que no daba tiempo a regenerar el bosque, haciendo necesario comprar carbón en otros valles más allá de los montes de la Corona (Legua acotada o Quinto Real). Definitivamente, tras esquilmar el bosque, en 1784 el Cuerpo de Artillería planteó una nueva fábrica en otro lugar que no fue otra que la de Orbaitzeta.

EFICIENCIA Y LOGÍSTICA

La ‘Geografía Moderna del Abad Nicollé de la Croix traducida y aumenta por Don Josef Jordán y Frago’ (1779) definía al detalle la ubicación de la Fábrica de Municiones levantada sobre Olaberría, sus necesidades y carencias:
“Está situada en el nacimiento del río Arga y falda occidental de la montaña de Addi comprehendida en el país denominado Indiviso, Quinto ó Alduides, en el que se benefician a una legua de la fábrica los ricos minerales de Beodrin y Legarchulo, con los que se funden en ella anualmente de trece a catorce mil quintales de excelentes balas y bombas; y con el segundo horno, que últimamente se ha construido, ascenderá en lo sucesivo la fundición anual de veinte y seis a veinte y ocho mil quintales entre unas y otras. En su inmediata circunferencia hay bosques pobladísimos de hayas, cuya leña da el mejor carbón; y no obstante de que desde el año de 1400, que se estableció la antigua llamada de Abaxo ó Armería de Egui, se han consumido inmensas cantidades, se puede asegurar para muchos años la de quarenta y ocho a cincuenta mil cargas de seis arrobas de Castilla, que se necesitarán para el consumo de los dos hornos, sin que este impida el gran corte que en los montes contiguos a los de la fábrica se hace al presente para el de la leña llamada de rio, que por el expresado Arga se conduce a Pamplona en los meses de Marzo y Abril, en que empiezan a derretirse las nieves”.

También la explotación de las mencionadas minas funcionaba con una subcontrata quinquenal. El mineral de hierro de la zona era de buena calidad. Se le llamaba ‘hierro agrio’, porque cuando se fundían tenía un alto contenido en carbono y grano grueso con poca cohesión, por lo que las municiones huecas producidas con él se rompían en muchos fragmentos. Se ex­traían de varios cotos mineros localizados unos kilómetros al norte de la fábrica. De hecho, se conservan aún galerías horizontales –de hasta 80 metros de longitud–, calicatas y galerías en pendiente que quizás, dada la historia de las explotaciones mineras del norte de Navarra, fueran utilizadas desde época romana.

Quedan allí, en las explotaciones mineras, los vestigios de ese I+D en el que Francisco Labé incide y que son los restos visibles de los hornos de calcinación. Hasta la puesta en marcha de esta fábrica, el mineral de hierro extraído aquí se ponía en una zanja en el suelo junto con hierbas y ramas y se le prendía fuego para eliminar impurezas como el azufre, las arcillas o minerales, que funden a más baja temperatura. Hasta que una mente preclara se sirvió del sistema utilizado en las caleras, intercalando capas de mineral de hierro y de madera a las que prendían fuego. Gracias este sistema se reducían costes –consumiendo menos carbón y más madera de desecho–, se enriquecía la ley férrica del mineral y se reducía su peso, facilitando y abaratando su transporte a las instalaciones con varias yuntas de bueyes que recorrían un empedrado camino desde Urkiaga hasta entrar por de la extinta Puerta de Francia de la ferrería.

Otra de las características de esta empresa fabril rural fue la adecuación al espacio disponible de manera eficiente. La orografía del terreno de la antigua fundición fue aprovechada al máximo para ubicar las instalaciones. En la parte más alta de este angosto lugar se instalaron las carboneras, con varios pisos de altura, para que después se transportasen las sacas hacia las bocas superiores de los hornos y resultase menos trabajoso. Se almacenaban también en esa zona los quintales de minerales de hierro y ambos se vertían, con menor esfuerzo, desde lo alto en los hornos.

El sistema tradicional del que se servían en las ferrerías era fundir el hierro y el carbón en un crisol y posteriormente a base de golpes quitar las impurezas volviendo a calentarlo. En estos altos hornos, como este de la Fábrica de Municiones, el hierro fundido iba goteando al crisol, un recipiente que cada 4 horas se abría por un punto vertiéndolo en cazos para los moldes.

Cada año, uno de los dos hornos se dejaba parado para su reparación. El de Santa Bárbara, con forma de pirámide truncada, se había levantado en 1766 y el de Santiago se hizo poco después. Este último fue remodelado en 1787 en lo que Labé denomina “un acto de espionaje industrial” de un ingeniero que copió y mejoró el modelo de un horno circular de las vecinas tierras francesas, que hacía más eficiente la producción.


UN ESQUEMA CIRCULAR CON ENERGÍA HIDRAÚLICA
Las entrañas de la fábrica eran un circuito establecido como un mecanismo de precisión. Las instalaciones se ubicaron siguiendo la lógica del proceso productivo. El almacén, con arenas extraídas del mismo Arga, proveía de material para hacer los moldes de las balas, que eran llevados al edificio donde trabajaba el horno. Aquí se ubicaba el crisol con el hierro fundido y al lado habían establecido la moldería. Las piezas elaboradas eran proyectiles con tamaños que variaban desde el de una pelota de golf hasta las de 50 kg, mayores que un balón de baloncesto. Las realizaban tanto macizas como huecas y evitaban sus imperfecciones haciéndolas pasar por el tambor de lavado en el que las balas se movían y chocaban entre sí para limar sus rebabas. Una vez eran aptas, se pasaban y almacenaban delante del edificio del palacio, la parte oficial más representativa de las instalaciones y en cuyo sótano se encontraba posiblemente el calabozo.

Todo el proceso sucedía debido a la fuerza motriz del agua. Para hacer funcionar las instalaciones, el cauce del discreto río Arga fue desviado. Primero se hizo pasar bajo los arcos del edificio ubicado al norte del núcleo de producción y que albergaba la carbonera mayor o de San Lorenzo. Después, bajo los arcos de piedra que aún se admiran junto a los hornos, permitiendo ganar sobre ellos unos metros cuadrados para superficie útil o de paso en altura del carbón almacenado en la carbonera de Santiago.

Cualquier actividad dependía en esta fábrica de la energía hidráulica: la noria que accionaba los dos fuelles que emitían 300 litros de aire al horno en cada golpe fundiendo el mineral de hierro a 1.200 grados; el tambor de lavado; la separación de escoria que se hacía al explotar al contacto con el agua fría… Se crearon, pues, dos presas para regular a su conveniencia el caudal del Arga: una de pantalla plana, hecha con tablones de madera que se quitaban en caso de riada para que pasasen las piedras y troncos, y otra tradicional un poco más arriba.

La documentación recoge que en 1777 el Teniente Coronel de Ingenieros Antonio Zara y Ponz planteó un proyecto de canalización del Arga para hacerlo navegable y poder transportar las municiones vía fluvial hasta el Molino de Caparroso, en Pamplona. La idea planteaba exclusas similares al Canal de Castilla, pero su ejecución quedó en una quimera.

EL APROVECHAMIENTO TOTAL

Caminando a la sombra perenne de las hayas, nuestras suelas se llevan en este siglo restos que la Real Fábrica de Municiones dejó. Todos los materiales se reutilizaban aquí: las arenas se volvían a cernir y, si no servían para nuevos moldes, iban para rellenos; las escorias, ya sin mineral de hierro, se trituraban y se utilizaban para preparaciones de suelo debido a su resistencia a transmitir el calor; la maderas no aptas para carbón eran para fabricar otras piezas; etc. Uno de los aspectos más del I+D que Francisco Labé tanto evoca con una sonrisa.

No resulta demasiado complejo imaginar el sonido de las fraguas, del martillo pilón, de los herreros, carpinteros o canteros trabajando o reparando piezas. Hay, no obstante, estampas sonoras que cuesta más evocar. La de los niños en la escuela, que la había. O la de la estafeta de correos, cuyo empleado una vez a la semana bajaba a Pamplona la documentación y hacía de valijero para la población, otra concesión que se hacía por 5 años. O la del calabozo del edificio del palacio, donde había sobre todo condenados por delitos menores.

Dado que esta era una instalación militar, la dirección de la fábrica lo era también por lo que al personal civil se le aplicaba el fuero de justicia de artillería y para evitar altercados había un pequeño destacamento de seis soldados, un sargento y un cabo.

Habida cuenta que se trataba de un área con poca luz, una zona húmeda e incómoda, difícil para convivir, y que la cantina permanecía abierta en verano hasta las 9 de la noche y en invierno hasta las 7, las algaradas eran las más frecuentes faltas juzgadas. Y más con los convecinos franceses, llegados al principio por ser más duchos en la producción técnica, como aparece en los escritos que pulcra, puntual y milimétricamente reflejaba el encargado de cuenta y razón.

Esta figura similar a un interventor, dependiente del Ministerio de Hacienda y fuera del corpus militar, contabilizaba absolutamente todos los factores de la fábrica: materiales, consumos, bajas del personal, etc. Era el encargado de hacer cumplir el reglamento con sus cuentas y daba razón a instancias superiores. Sus registros podrían completarse con los libros de parroquia para saber de dónde provenían los trabajadores, la media de edad, quienes eran sus padres, cuando se casaban, cuántos hijos tenían y presentar un análisis demográfico de la fábrica. No obstante, la documentación que estaba en las oficinas del edificio del palacio se trasladó al extinto Palacio de Capitanía de Pamplona.

Irónicamente, fue el fuego el que acabó con este desarrollo industrial de Olaberría el 17 de octubre de 1794. Los franceses, en su retirada durante las incursiones de la conocida como Guerra de la Convención o Guerra de los Pirineos, dieron fuego a la fábrica y masacraron después Zilbeti. Todo se redujo a cenizas y posteriormente a escombros.

El modelo aquí creado por la Corona –ya sobre la testa de Carlos IV– que compatibilizaba vivienda y trabajo se trasladó junto con la producción a centros alejados de la frontera, ante el peligro por las invasiones francesas, como Liérganes–La Cavada (Santander), Trubia (Asturias) o Sargadelos (Galicia). Quedó como excepción Orbaitzeta, que todavía volvió a trabajar, aunque de manera muy intermitente, hasta el último cuarto del siglo XIX. La Real Fábrica de Municiones de Eugi pasó entonces a ser patrimonio de la naturaleza de la que había vivido.

GAZTELU Y EL FORTÍN

Entre 1792 y 1793 se erigió sobre la ladera norte de la fábrica un fortín. El clima revolucionario que se respiraba en Francia llevó a las instituciones a plantear una defensa de su centro de producción de municiones. Levantaron un recinto fortificado de unos 50x50 m, con foso, contrafoso, escarpa, glacis y muro perimetral, así como un cuartel que venía a sumarse a los de avanzada ya presentes en la frontera. Pero la zona fabril era indefendible por su ubicación. Instalaron, no obstante, una batería de artillería de 4 cañones (dos pedreros y dos de calibre pequeño) que demostraron su ineficacia cuando la fábrica fue atacada en 1794.

Se puede subir a contemplar la fortificación defensiva siguiendo una ruta trazada y arreglada gracias a los proyectos transfronterizos ‘Yelmo’ y ‘Kintoan Barna’. Son apenas 3 kilómetros de ruta que está señalada como ‘Sendero Gaztelu’ en un panel colocado en la zona oriental de la fábrica. Desde este punto parte un camino que, tras permitirnos contemplar entre otros los restos de la carbonera de Santiago, nos conduce en un rápido ascenso en zigzag por la ladera del monte Kuartalux a las ruinas del fortín.

Se puede retornar por el mismo camino, pero también es posible continuar la ruta siguiendo las balizas que se adentran por un abetal señalizado que desemboca en la pista de Preseta. Descendiéndola, se llega a la carretera de Quinto Real, vía principal para regresar, ya por el arcén, a la Fábrica de Municiones.

LATIRISMO MEDITERRANEO

El encargado de cuenta y razón de la Real Fábrica recogía a diario en sus libros numerosas faltas al trabajo debidas a una enfermedad a la que se referían los afectados diciendo ‘que no les sujetaban las piernas’. Esta ‘flojera’ en las extremidades inferiores se trataba del Latirismo mediterráneo, una enfermedad que afecta a la médula espinal y puede provocar incluso la muerte y que se debe al consumo casi exclusivo de habas y almorta.

Los trabajadores de la fábrica que cobraban menos eran quienes más la padecían, puesto que aquí había tienda de comestibles, además de la cantina, pero en la que todo se traía desde Pamplona. El precio de los alimentos y enseres aumentaba exponencialmente por los márgenes del contratista y del transporte, entre otros.

La crisis agraria de 1768 había extendido el cultivo de la patata por el Cantábrico hasta Navarra y Aragón. Era esta una de las principales fuentes de alimentación junto con las legumbres, las habas (bien fuera secas, en puré o cocidas), las castañas (como harina, cocidas en puré o frescas), el maíz para talos o farinetas y la almorta. Se trata, esta última, de una harina tóxica si se consumía en abundancia, y así era, ya que dicha leguminosa era muy común y de lo más barato que vendían, aunque después daba lugar a esas parálisis musculares a las que se refería el encargado de cuenta y razón.

Las excepciones en las fresqueras de Olaberría eran la carne seca, el pescado seco traído de Irún, el salmón del Bidasoa durante el verano y el pan blanco, cerdos en montanera y algo de caza. Dado que no era posible cultivar en este paraje, los precios eran descompensados y así, en el horno situado tras la cantina, la media libra de pan blanco costaba 6 maravedíes, mientras que la pinta de vino 12 maravedíes, diez corderos de “importación” 110 reales y el “almut de habas sin gusanos y de buena calidad” 23 maravedíes.

¿Y SI EUGI LLEGASE A EEUU?

1776, 4 de julio. 13 colonias británicas aprueban en el Congreso Continental de Philadelphia la declaración de Independencia de los EE UU.

Esta era la ocasión que la Corona española estaba esperando para derrotar, sin declarar formalmente la guerra, a Inglaterra. Desde este momento los sublevados iban a recibir ayuda española a la nueva nación de forma solapada: materias primas, alimentos o armas llegaban vía Cuba y remontaban el Mississippi.

Diego de Gardoqui y Arriquibar era un comerciante de estirpe bilbaína que por su dominio del inglés, su prestigio y su red de contactos fue nombrado el primer embajador de España en los recién nacidos Estados Unidos. Se sabe que a través de sus negocios se enviaron allí órdenes de pago, reales de “a ocho”, cañones, municiones (granadas, bombas, balas), mosquetes, pólvora y hasta tiendas de campaña. Apuntan algunos estudiosos que los suministros españoles fueron decisivos para la victoria norteamericana en Saratoga en 1777, que inclinó la balanza de la contienda a favor del ejército continental.

Plantea Francisco Labé si no serían algunas de estas municiones, llegadas a través de Irún hasta los barcos de Bilbao, las salidas de los hornos de Eugi y por ello quizás se podrían establecer acuerdos con centros universitarios estadounidenses para analizar las balas y municiones que conservan de las batallas por su independencia.

Quizás el azar y sobre todo la investigación científica determinen si un poco de mineral de hierro navarro contribuyó también a forjar los actuales Estados Unidos de América.

BIC Y OLONDO

En el año 2012, la financiación proporcionada por fondos europeos (FEDER) permitió poner en marcha el proyecto transfronterizo ‘YELMO’, destinado a promover el desarrollo económico y social de las localidades de Eugi y Banka, en Francia.

Desde entonces se han realizado 6 campañas veraniegas de trabajo en las que han tomado parte jóvenes desempleados de la zona y que ha permitido la excavación con metodología arqueológica, la puesta en valor y la divulgación de la historia de la fábrica.

El valor de este patrimonio industrial navarro fue reconocido oficialmente en 2016 con la declaración de Bien de Interés Cultural (BIC), que protege la Fábrica como monumento y además todo su entorno arqueológico, incluidas las minas de extracción del mineral de hierro.

La comprensión y difusión de este espacio, así como la de la Armería Real existente en Eugi, son dos de los ejes del centro de Referencia Histórica Olondo abierto en Eugi. Aquí se muestran al público algunas de las balas producidas, utensilios y herramientas de trabajo halladas en las excavaciones.

Se puede contemplar también cómo eran las elaboradísimas armaduras que se producían a principios del siglo XVII en la Armería de Eugi para el rey, alta nobleza y la alta nobleza eclesiástica, un grupo importante de ellas en la actualidad conservadas en la Real Armería del Palacio Real de Madrid.

 

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